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La epopeya kamikaze


jenisais
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Me alegro Rote Baron de la celeridad del envío. La única pega que le pongo, es que... ya has leído prácticamente la mitad del libro. Y te dejaré de tener como lector asíduo :icon_mrgreen:

 

Saludos

 

Bueno, tengo que reconocer que me gusta mas el tacto del papel a la hora de leer, pero seguro que el siguiente tema es tan interesante como este y estare aquí... :aplauso-6:

 

Sugerencia: Pirateria del siglo XVII :whistling:

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Buenasss

 

Los "semidioses" del siglo XX

 

En el plan técnico, no transcurría un solo día sin que se efectuara uno o varios vuelos Kamikaze. No faltaban objetivos y hubiera sido necesaria una cantidad de 4 a 6 horas superior de aviones disponibles para atacar a todos los grupos navales americanos importantes. A partir del 15 de noviembre de 1944, los asaltos Kamikaze se dirigieron con preferencia contra los barcos de la flota anfibia enemiga en el golfo de Leyte. Los pilotos estaban seguros de encontrar allí un objetivo, tan numerosa era la escuadra. Fueron muchos los aviadores que hallaron la muerte en esta zona, sin que su sacrificio se viera recompensado siempre con la destrucción del objetivo apuntado. Por este sistema desaparecieron inutilmente gran cantidad de vidas humanas y de preciado material.

 

Entre todos estos héroes citaremos el caso del alférez de navío Tada, pertenciente a la 2ª Flota aérea y cuyo padre era el vicelmirante Tada. Este joven piloto, que había decidido llevar a cabo el Jibaku, aterrizó en Mabalacat el 19 de noviembre a bordo de un Suisei, acompañado por el jefe de los observadores, Tadao Ito. Se dirigió luego hacia el golfo de Leyte, donde debió hallar su objetivo, pues sun breve mensaje de radio anunció que atacaba. No obstante, posiblemente fue derribado en el último momento, o quizá erró el golpe, pues ningún buque americano sufrió daños durante aquel día.

 

No podría esbozarse un retrato fie de estos "semidioses" sin haber antes abordado el dominio de su vida práctica y cotidiana. Aunque el combarienete japonés se contentaba con un pequeño catre y una alimentación reducida a lo más estricto, las condiciones de existencia en las Filipinas eran particularmente precarias. Los aviadores, que en todos los ejércitos del mundo gozan de un confort con frecuencia superior al de los restantes combatientes, estaban en Japón sometidos a un régimen paralelo al de los restantes ejércitos.

 

En las Filipinas era más desastrosa la situación que en las demás bases. El alto mando no había previsto con la suficiente anticipación que el archipiélago filipino iba a convertirse en el marco de gigantescas operaciones militares, y no se había previsto nada especial para albergar demasiados combatientes. La mayoría de los aerodromos se hallaban en el mismo estado que cuando los japoneses los conquistaron a principios de la guerra, y al hacerse preciso acoger en ellos un número importante de unidades, los problemas técnicos tales como la subsistencia, no fueron nunca bien solucionados. Antes de la creación de los cuerpos Kamikaze, los aviadores se encontraban apiñados en exíguos locales faltos de higiene y confort. Los alimentos dejaban mucho que desear y si alguna vez las raciones aumentaban en cantidad era con frecuencia dn detrimento de la calidad.

 

Cuando los cuerpos Kamikaze fueron creados, no se modificó para nada este género de vida. Tan solo el estado de ánimo de los demás combatientes respecto a los voluntarios mejoró la situación. Los pilotos suicidas estaban considerados como una especie de dioses para quienes todo era poco. Las condiciones de alojamiento continuaron siendo deplorables, si bien los aviadores eran objeto por parte del personal de conmovedoras atenciones. Se les ofrecía frascos de sake y de yokan, productos poco abundantes, privándose otros, con frecuencia, de su propia ración. Se hacían mejoras en el campo de la higiene y alojamiento en los locales ocupados por los voluntarios. Sin embargo, nadie se quejaba, y todos aceptaban la situación con naturalidad. Nunca mostraron amargura y hasta su último despegue, los pilotos voluntarios conocieron una existencia material miserable, parecida a la de los ascetas. Es sorprendente que estos hombres, considerados como futuros héroes fueran objetos, ya en vida, de una veneración mística. Se veía casi normal que gozaran de libertades y de un lujo superiores, destinados a hacerles más agradables los últimos días de su vida terrena. Para los soldados japoneses este aspecto era muy secundario y ello resultaba característico del estado de ánimo que les embargaba durante esta época. Todo lo expuesto demuestra hasta qué punto era de admirar el sentido de la responsabiulidad y la abnegación de estos hombres.

 

Su desapego hacia alas condiciones materiales de existencia había llegado a tal grado, que incluso eran motivo de broma entre ellos. Su conducta se reflejaba en algunas de sus conversaciones, en el curso de las cuales los pilotos consideraban de un modo divertido su futura plaza en el panteón del templo de Yasukuni

 

 

Recrudecimiento

 

En los últimos días de noviembre se inició una nueva fase dentro de la historia de los Kamikaze. Los primeros refuerzos llegados de Fomosa permitían intensificar la acción, la cual se hacía necesaria dada la presencia de fuertes contingentes americanos, Los observadores japoneses no dejaron de advertir que el enemigo realizaba concentraciones navales que presagiaban una nueva operación de envergadura. Convenía poner dique a estos proyectos, aprovechando al mismo tiempo la ocasión que ofrecían estoss importantes grupos de buques.

 

El 25 de noviembre de 1944, a la hora del crespusculo, varias secciones de aparatos Kamkaze descubrieron cerca de Leyte, la Task Force 38 del viceaalmairante Marc A Mitscher. A pesar de la violenta reacción de los cazas y la DCA enemiga, los aparatos nipones penetraron en el dispositivio americano e iniciaron su ataque Jibaku. Era evidente que los aviadores japoneses no se impresionaron frente al muro de acero y fuego que era preciso traspasar ni tampoco por la pérdida de gran número de camaradas que, derribados, caían a su alrededor envueltos en llamas. Así pues, se lanzaron contra los buques de mayor tamaño, o sea, los portaaviones que encontraron fortuitamente. Algunos fallaron el objetivo, pero otros consiguieron estrellarse sobre los puentes de vuelo envueltos en enormes estallidos fulgurantes que la penunmbra espesa hacía todavía más espectaculares e impresionantes.

 

El ataque duró algo menos de 30 minutos y cuando la DCA enmudeció pudo constatarse que los grandes portaviones de combate Hancock (CV 19), Essex (CV 9) e Intrepid (CV11) se hallaban envueltos en llamas. En estos 3 barcos hubo que lamentar serios perjuicios. Los portaviones ligeros Cabot (CVL 28) e Independence (CVL 22) se hallaban también incendiados. Sin embargo, en ninguno de ellos la situación era desesperada y el fuego pudo ser contenido a primeras horas de la noche.

 

 

 

(Dejemos la trascripcion al final de este 25 de noviembre de 1944, primero de una serie de posteriores ataques Kamikaze que iremos leyendo posteriormente.)

 

Saludos

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Buenasss

 

(Seguimos en el mismo apartado, solo que esta vez es el día siguiente)

 

Varios ataques señalaron la fecha del 26 de noviembre. El primero, realizado a las 10.00 de la mañana, n0 dió buenos resultados, pero durante la noche, 25 aviones japoneses hicieron su aparición (era la 1ª vez que se alcanzaba esta cifra) atacando a los medios de transporte de tropas en el golfo de Leyte. Uno de estos pilotos no pùdo seguir a sus camaradas de sección y empezó a buscar al enemigo. Desistió de su intento, y se dirigió hacia el oeste con la esperanza de encontrar su base, pero se perdió. Al fin, cansado y falto de gasolina, logró aterrizar en un terreno de auxilio, de donde pensaba poder despegar al día siguiente para poder volver al ataque. Este piloto, antes de marchar al combate había seguido solamente un curso de entrenamiento de 15 días en Japón y 10 días de práctica en Formosa; era insuficiente para que un aviador aprendiera a valerse solamente por sí mismo. Este no fue el único caso que vino a confirmar hasta qué punto era deficiente la instrucción de los jóvenes aviadores japoneses en este momento crucial de la guerra.

 

 

El calvario del "Montpelier"

 

El lunes, 27 de noviembre de 1944, se dió uno de los mayores ataques Kaamikaze de toda la campaña. 30 aviones japoneses salieron a las 9.30 horas de sus bases y lograron atravesar la cortina de protección de los cazas americanos, llegando, hacia las 10.50 horas, cerca de los buques de la 7ª Flota que estaban al mando del almirante Robert Hayler. Los radares habían cumplido su cometido y los cazas habían hecho todo lo posible por cortar el paso a los asaltantes, pero el número inusitado de estos y las nuevas tácticas de aproximación habían sido superiores a la defensa. Los 20 buques que formaban la escuadra estaban dispuestos en círculo y navegaban a gran velocidad, al tiempo que disparaban formidables cargas de metralla.

 

Los japoneses, provenientes de diferentes direcciones, llegaron aproximadamente un poco antes de las 11.00 sin que la artillería pudiera replicar rápidamente contra los múltiples objetivos aéreos, se destacó de golpe un punto negro que, a una velocidad aterradora, se lanzó contra uno de los buques de la formación americana. Unas fracciones de segundo bastaron para que súbitamentes se alzase una gran llamarada cegadora de color naranja en la parte delantera del crucero ligero St. Louis (CL 49), el cual, de inmediato, tuvo que luchar contra un violento incendio. Los aviones japoneses iban cayendo sucesivamente en picado y una vez había escogido su objetivo, disparaban hasta que se producía el impacto final. Los marinos americanos debía protegerse de los tiros homicidas y evitar. al mismo tiempo, la lluvia de fragmenteos de obús de la DCA. El cielo estaba cubierto por los copos negros de los obuses y por las centellas y estrías de las balas incandescentes.

 

A bordo del crucero ligero Montpelier (CL 57), aunque todas las armas disparaban a un mismo tiempo, no pudo impedirse que 3 Kamikaze se estrellasen contra él, casi a un mismo tiempo. Por milagro, sus bombas no explotaaron, pero los impactos fueron duramente acusados. Por la parte trasera de babor apareció un 4º avión al que se le desprendió una de sus alas; el aparato, desiquilibrado, cayó al mar en medio de una enorme tromba de agua. Sus bombas explotaron y regaron de astillas todo el puente del navío. Un 5º Kamikaze que no pudo ser desviado se aproximaba en aquel mismo momento. El avión fue a dar contra una de las torretas de 127 mm, hundiendo los palastros de blindaje y ocasionando la muerte a parte del personal. No podía contarse el número de heridos, y la sangre corría a grandes riadas sobre el puente.

 

El 7º avión enemigo se aproximaba sin llamar la atención, y se dirigía directo contra la parte delantera del buque. Sin que pareciese haber sido tocado, el avión nipón patinó en el último instante, no consiguiendo empotrarse por poco en una de las torres de 152 mm para ir a hundirse en el agua en medio de una explosión. El 8º kamikaze descendía en picado cuando fue divisado. Todos los disparos fueron dirigidos contra él y, sinduda, debieron tocarle, pues vacilando fue a hundirse como una piedra dentro de las aguas efervescentes. Para los tripulantes del Montpelier era muy dificil enfrentarse a todos los asaltantes. Se intentaba evitar los impactos por todos los medios y los antiaéreos no cesaban de girar al tiempo que disparaban contra el enemigo más próximo.

 

Ataques parecidos se repitieron contra todos los buques de la Task Force y parece ser que los japoneses enviaron nuevos grupos de ataque en el transcurso del combate. Durante 3 largas horas los marinos del Montpelier creyeron que su buque no iba a poder resistir tanto ensañamiento por parte del enemigo. Hacia las 13.00 sonó el fin de la alerta y la tripulación empezó a pasar revista a a los daños sufridos.

 

Una vez los restos metálicos fueron lanzados al mar, equipos armados de poderosas mangueras inundaron el puente. En algunos lugares, el agua se teñía de sangre y los marineros encontraron allí girones de carne pertenecientes a los aviadores japoneses: lenguas, mechones de cabellos negros, un seso, brazos, una pierna... Un marinero cortó triunfalmente el dedo de una mano para extraer de ella un anillo. La escena era horripilante, pero la tripulación americana, todavía bajo la emoción causada por el ataque, no le dió demasiado importancia y continuó limpiando el puente del crucero.

 

Los daños eran menores de lo que habían supuesto, pero el acorazado Colorado (BB 45) y el crucero ligero St. Louis sufrieron averías y tuvieron que deplorar las respectivas pérdidas de 19 y 14 hombres sin contar los numerosos heridos. El Montpelier fue el buque que sufrió los ataques más violentos y registró mayores desperfectos, no pudiendo continuar dentro de la formación. Durante aquel día los japoneses habían enviado más de 60 aviones, de los que 50 fueron derribados o se estrellaron contra su objetivo. Radio Tokio difundió la noticia, y declaró que se había obtendido una gran victoria que ponía en un aprieto a la flota americana. En realidad no había sido nada; sí, tal vez, una serie advertencia.

 

 

La dura jornada del 29 de noviembre

 

El 28 de noviembre se produjeron 2 nuevos ataques Kamikaze contra las fuerzas anfibias cercanas al litoral de Leyte; sin embargo, los americanos no sufrieron ataques de importancia. Los marinos que desde hacía más de un mes soportaban estos nuevos ataques empezaron a dar síntomas de tensión nerviosa y de fatiga que para algunos tomaba caracteres inquietantes. La mayoría, cuando no tenían servicio, dormían en el mismo puente del buque, a causa de la temperatura, pero sobre todo por las demasiado frecuentes alertas. Desde allí era más facil ocupar sus puestos con un mínimo gasto de energías. Otra razón, que muy pocos de ellos tenían el valor de confesar, era que en caso de naufragio en el puente se encontraban más cerca de los botes.

 

Si bien muy pocos buques se hundieron, un gran número de ellos resultó averiado y algunos lo fueron tan gravemente que continuaron flotando de milagro.

 

Los marinos se hallaban reposando como mejor podían durante la noche del 28 al 29 de noviembre, cuando a las 2.00 horas empezó a sonar la sirena de alarma. Todos los cañones estaban preparados y las torretas giraban, pero no se divisaba nada. Los radares habían captado señales sospechosas, pero sin duda, alguna los asaltantes habían sido derribados o habían marchado rumbo a otros objetivos.

 

La jornada del 29 de noviembre parecía que iba a finalizar sin ningún incidente, cuando a las 16.30 horas sonó de nuevo la alarma. En esta ocasión los aviones japoneses pudieron ser vistos por todos y se inició el infernal baile. La DCA escupía fuego por doquier y el cielo parecía crepitar en llamas y astillas metálicas. Era casi imposible que un avión pudiera pasar por entre esta visión apocalíptica sin sufrir daño alguno; sin embargo...

 

Un primer avión Kamikaze, como si fuera invulnerable, descendió en picado , atravesando la ancha zona atacada por la artillería. No hacía falta ser un experto en balística para darse cuenta que la trayectoria descrita por el aviíon iba directa hacia el acorazado Maryland (BB 46), pero la explosión de un obús le hizo perder el control, y basculando se hundió en el oceano en medio de un monstruoso haz de llamas de más de 20 m de altura. Casi al mismo tiempo fueron tocados 2 aviones japoneses, siendo incendiados antes de estallar al tocar la superficie. Los restantes aparatos parció que se alejaban, ascendiendo de nuevo.

 

 

 

(Como de costumbre, aprovecho un Punto y Aparte para dejarlo aquí. Los ataques Kamikaze están alcanzando el cenit. La acción es despiadada por ambas partes. Un toma y daca mortal.)

 

Saludos

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Buenasss

 

(Seguimos todavía en el mismo día, el 29 de noviembre...)

 

 

Hacia las 17 horas, cuando los marinos americanos parecían empeezar a respirar y se felicitaban por el éxito obtenido, volvieron a aparecer los aparatos japoneses. ¿Eran los supervivientes del 1º ataque o se trataba de otros llegados para reemplazarles?La pregunta quedó si respuesta; había que hacer frente al nuevo peligro llovido del cielo. Los cañones disparaban con toda su potencia, llenando el azul del cielo con copos negros y rayas multicolores y los proyectiles de 12,7 y 20 mm dibujaban en el firmamento un cuadro cambiante y fantástico.

 

El primer Kamikaze que cayó fue a estallar contra el crucero pesado Portland (CA 33), pero su piloto realizó un viraje incomprensible que le hizo ir a estrellarse contra el destructor Aulick (DD569), el cual navegaba a unos cables de distancia. El choque fue espantoso y el pequeño navío se desvió de su ruta. Rápidamente se vió envuelto en llamas, pero su incendio pudo ser dominado. Entoces apareció un monton de hierros retorcidos y ennegrecidos en el centro del pobre destructor, el cual tuvo que lamentar un buen número de víctimas.

 

Otro avión japonés cargó contra el acorazado Maryland y la tripulación tuvo al momento la seguridad de lo que iba a ocurrir: era inevitable. Los marinos escondieron la cabeza y esperaron a escuchar el temblor del puente del buque, pero en su lugar percibieron un cambio de modulación en el ruido del motor japonés; el aviador nipón había ascendido de nuevo. Nadie comprendió la razón de la maniobra.

 

El avión japonés volvió efectuando acrobáticos virajes; ascendió paulatinamente, realizó un looping y se entregó a increibles maniobras. Los marineros, con la respiración cortada, contemplaban admirados la audacia y el dominio del piloto enemigo. Poco después, el aparato nipón empezó a descender como si fuera una piedra o un obús; los oficiales calcularon que su velocidad sería de 800 kms/h ¿Qué deseaba el aviador japonés? ¿Pretendía desafiar al enemigo o morir en una apoteosis de virtuosismo? ¿Quería quizá demostrarse a sí mismo, antes de emorir, su calma y sangre fría? Nadie tuvo el tiempo de pensarlo durante mucho rato. De súbito el viejo acorazado se puso a temblar como una hoja: el japonés se había estrellado contra una de sus grandes torres de 406 mm. Bajo la violencia del choque la enorme masa metálica de la torre salió de sus rieles. Rápidamente se desencadenó el incendio.

 

Durante el desarrollo de este extraordinario ataque, otros aviones japoneses imtentaron acometer a la escuadra, siendo muchos de ellos derribados por la DCA que, como de costumbre, se mostraba activísima. No obstante, uno logró atravesar el muro defensivo y empezó a buscar un objetivo. No pudiendo alcanzar un buque de gran tamaño situado lejos de él sin duda alguna a causa de las averías sufridas en sus mandos, el piloto nipón se precipitó sobre el destructor Saufley (DD465) que estuvo a punto de partirse en dos a causa del impacto. Sin embargo, no se hundió, y pudo llegar por sus propios medios hasta una base de reparación.

 

Estos numerosos ejemplos demuestran la excelente calidad del material americano. Los astilleros de los EEUU eran capaces de construir toda clase de buques a un ritmo extraordinario, sin que ello perjudicara en nada su solidez y perfecta adaptación a las condiciones de combate. No es irrazonable pensar que choques de esta violencia habarían servido para destruir completamente barcos de otras nacionalidades.

 

No debemos olvidar que el asalto Kamikaze reunía 3 aspectos de ataquesimultáneos. En primer lugar, la explosión del proyectil transportado hasta el objetivo podía provocar consecuencias desastrosas. Luego, el choque dinamico y violento del avión suicida, cuyo peso multiplicado por la velocidad de la caída, podía incluso perforar las planchas de grueso blindaje. Finalmente, el carburante contenido en los depósitos del avión se derramaba, inflamándose y se infiltraba en el interior del buque atacado, por entre las brechas y fisuras abiertas por la explosión. Los ataques Kamikaze eran, pues, muy perjudiciales, añadiéndose a ello el factor psicológico que, por suerte, jugó un papel secundario entre los americanos.

 

 

La evolución de la lucha

 

Los japoneses continuaron sus ataques cotidianos, pero disminuyeron el número de participantes. Sin duda tenías dificultades en renovar el material perdido o quizá les era cada vez más dificil reclutar voluntarios. Esto era lo que creía la mayoría de los americanos durante los primeros días de diciembre de 1944. En realidad, si el alto mando japonés decidió reducir el número de ataques era por otras razones; algunos indicios habían llamado su atención. Los americanos se preparaban para el lanzamiento de nuevas operaciones y se hacía necesario reservar los ataques importantes para luchar contra el nuevo peligro que se perfilaba.

 

No obstante, el 3 de diciembre, un pequeño grupo de Kamikaze atacó una formación naval americana que cruzaba la bahía de Ormoc. La pequeña escuadra preparaba operaciones inminentes. A pesar de la poderosa defensa antiaérea americana, dos aviones Kamikae se lanzaron contra el Cooper (DD 695), uno de los mayores y más recientes modelos de destructores de 2200 toneladas. El buque se estremeció de proa a popa y se abrió por el centro. En pocos minutos se fue a pique, juntamente con la mayor parte de la tripulación. No lejos del lugar, un buque hospital estuvo a punto de ser tocado.

 

Ante las dificultades cada vez mayores que las tropas de Mac Arthur encontraban en su avance hacia el interior de Leyte, los mandos americanos decidieron efectuar un nuevo desembarco por la retaguardia del enemigo. Un pequeño convoy se dirigió hacia la bahía de Ormoc y el 7 de diciembre desembarcó, al rayar el alba, un contingente de la 77 División de infantería a menos de 6 kms al sur de la aldea.

 

Los japoneses reaccionaron enviando una formación de aviones-suicidas que atacó los barcos de la nueva fuerza de invasión. Las fuerzas de desembarco habían salido ya cuando varios aviones chocaron sobre los buques anclados. El destructor Mahan (DD364) fue atacado por 2 Kamikaze que le destrozaron haciéndole naufragar pocos instantes después. Algo más lejos, fue gravemente tocado el viejo destructor Ward (APD 16), al cual se decidió hundir debido a la importanica de los daños sufridos.

 

4 días más tarde, o sea el 11 de diciembre, un convoy de buques destinado al abastecimiento de la cabeza de puente de Ormoc, fue asaltado por aviones Kamikaze. En pocos minutos, los barcos americanos fueron objeto de considerables perjuicios. El destructor Reid (DD369) se hundió víctima de 2, o quizás 3 aviones suicidas. Uno de sus acompañantes, el destructor Caldwell (DD605) fue también atacado y sufrió graves averías, pero pudo continuar la marcha por sus propios medios.

 

 

 

(La respuesta japonesa, aunque variable en su extensión, proseguía, pues, con sus ataques de represalia contra la flota americana que desembarcaba tropas en las islas Filipinas.)

 

Saludos

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Buenasss

 

( Seguimos en diciembre de 1944 y en las Filipinas)

 

Era evidente que los japoneses habían mejorado su táctica y que el resultado obtenido con un reducido numero de aparatos iba a acarrear diversas consecuencias. En primer lugar, los éxitos logrados animaron a los aviadores nipones, que se vieron incitados a continuar las operaciones suicidas. Además, después de cada victoria los mandos japoneses veían aumentar el número de voluntarios al Jibaku, hasta tal punto, que en ocasions había una cantidad 2 ó 3 veces superior de candidatos que de aviones disponibles. Por último, los americanos se vieron lógicamente obligados a ejercer una mayor vigilancia y a aumentar la capacidad de su ya poderosa DCA.

 

Los mandos japoneses veían, no sin temor, como las fuerzas americanas se infiltraban por el flanco occidental de las Filipinas, lo cual podía, no solamente cortar en un breve periído de tiempo las comunicaciones entre las diferentes islas del archipiélago, sino que constituían a la vez una amenzaza directa contra Mindoro y Luzón. El 13 de diciembre, por la noche, varios mensajes de observadores señalaron que una importante Task Force enemiga atravesaba el paso de Surigao, en ruta hacia el Oeste. Todo este movimiento no podía ser más que el indicio de una nueva operación americana; de modo que los jefes nipones decidieron lanzar una poderosa ofensiva aérea.

 

En la madrugada del 14 de diciembre, 11 aparatos de la marina, entre los que se hallaban 4 hidroaviones, marcharon a patrullar hacia el sur de la isla de Negros con el fin de descubrir al enemigo. Pero la amenaza era demasiado seria para no tenerla en cuenta. Los mandos japoneses reunieron rápidamente una flota importante, aunque el número de sus aviones era insuficiente para atacar y destruir la insolente incursión americana.

 

Desde Mabalacat despegaron dos Nakajima Aiun de recco, 23 cazas Kawanishi Shiden, 30 cazas Zero y 6 bimotores Nakajima Ginga. De otro campo vecino salió una sección de bombarderos en picado tipo Suisei al mando del alférez de navío Yonosuke Iguchi. Este grupo constituía la formación más importante desde la creación de los grupos Kamikaze. No habiendo recibido todavía ninguna información sobre la posición de la flota americana que había sido señalada el día anteror, se había previsto en el plan de vuelo que los aviones irían hasta el sur de Negros, para volar después sobre el mar de Mindanao en busca del enemigo.

 

El cielo estaba cubierto por gruesas nubes que de un modo discontinuo corrían a distintas alturas. A unos 200 kms del punto de partida, la gran formación japonesa que volaba hacia el sur fue interceptada por varias patrullas de cazas americanos Hellcat. Ante la violencia del ataque, la escuarilla japonesa se dislocó y tuvo que dispersarse para poder huir del desenfreno yanqui. A causa de la progresiva gravedad de las condiciones atmosféricas, la visibilidad se vió reducida a unos centenares de metros y los pequeños grupos nipones debieron abandonar su misión, intentando aterrizar en los aerodromos más próximos. Poco después, llegó a los jefes japoneses la noticia de que la mayoría de los aviones habían aterrizado sin novedad y que al día siguiente volverían a la base.

 

Tan solo el grupo formado por los 3 Suisei no había tomado todavía tierra y ya empezaba a considerársele perdido cuando, cerca de las 11.50 horas, la radio del alférez Iguchi anunció que, a pesar de la obstinada búsqueda, no divisaban a ningún buque enemigo. Envió sus 2 compañeros a la base y continuó solo sus investigaciones. El avión de Iguchi iba provisto de una gran reserva de carburante, lo que le permitía continuar su misión. Había pensado aterrizar en Cebú, desde donde podría haber atacado de nuevo, pero su bomba empezaba a ceder y no le era posible intentar un nuevo aterrizaje que a buen seguro hubiera terminado en una gran explosión. Iguchi intentó entonces lanzar su bomba, pero esta se obstinaba en no caer. El piloto informó por radio a sus jefes que, en vista de la situación, había decidido dirigirse hacia el golfo de Leyte en busca de un objetivo.

 

Desde los campos de aviación los camaradas de Oguchi imaginaban el pensamiento y la agonía del piloto, comprendiendo que morir por morir, era mejor que su muerte tuviera un sentido y una utulidad táctica. El alférez Iguchi iba aproximándose a Leyte. A las 12h30 con una lucidez y resolución admirables, envió el mensaje siguinte: "Estoy volando por encima del golfo. No hay ningún caza enemigo."

 

Sus compañeros de escuadrilla, agrupados alrededor del altavoz del puesto de mando, callaron y cerraron los ojos pensando en el drama del piloto solitario, rodeado por millares de estallidos de obuses de la DCA. Creían que todo había terminado cuando minutos más tarde la radio transmitió de nuevo: "12 horas 37. Voy a caer en picado. ¡Tenno Banzai!

 

Sin embargo, no parece ser que el sacrificio del alférez de navío Iguchi se viera coronado por el éxito.

 

 

Los americanos aprietan los tornillos

 

Durante este tiempo, otros grupos Kamikaze habían atacado a un convoy naval americano descubierto en el mar de Jolo. Ensayando un nuevo método, los pilotos suicidas cayeron uno a uno sobre los buques americanos. El intenso fuego de la DCA derribó a varios mientras realizaban el Jibaku, pero no pudo impedir que otros aviones enemigos atravesaran la barrera., Un avión japonés se lanzó a una velocidad prodigiosa sobre el crucero ligero Nashville (CL 43), buque insignia de la escuadra. En medio de un gran resplando todo el barco comenzó a estremecerse. Gravemente dañado, el Nashville tuvo que lamentar la pérdida sde 133 hombres y 198 heridos, viéndose obligado a dar la vuelta y dirigirse a la base de reparaciones de Leyte. Otro destructor, sobre el que había hecho blanco un Kamikaze, quedó destrozado por el impacto y tuvo que seguir al Nasjville hacia la base.

 

No obstante, el convoy de invasión continuó su camino y el 15 de diciembre por la mañana llegaron a Mindoro. Esta isla, situada a mitad de camno entre Leyte y Luzón, constituía la etapa indispensable que conduciría a la conquista de Luzón, la isla más grande y mejor defendida de todo el archipiélago. En la jornada del 15 de diciembre, los Kamikaze volvieron a aparecer, volando por encima de la cabeza de puente de Mindoro y atacaron los barcos de desembarque que se hallaban anclados. Se dieron numerosos ataques, pero la densidad defensiva de la DCA impidió que todos los japoneses llegaran hasta el objetivo. No obstante, 2 grandes transportes tipo LST se fueron a pique y algunos de entre los restantes sufrieron averías. Esto fue todo lo que aconteció en este sector entre aquella jornada y las siguientes.

 

 

 

(Cosa de la que seguiremos escribendo.)

 

Saludos

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Buenasss

 

Tres días después, el 18 de diciembre, se produjo un acontecimiento inesperado. Se desencadenó un tifón de una violencia inusitada y de una velocidad extraordinaria que sorprendió a la 3ª Flota americana al este de ls Filipinas. La furia de los elementos levantó, como si se tratase de simples barcas, los buques más pesados. Enormes olas y ráfagas de viento de una potencia inimaginable destrozaron los barcos más consistentes. El tifón desapareció tan rápidamente como había venido, pero dejó tras de sí espantosas pérdidas.

 

Los destructores Spence, Monaghan y Hull se hundieron y había que lamentar grandes daños en un buen número de barcos, entre los que se hallaban los portaaviones Monterey, San Jacinto, Cowpens, Cabot, Altamaha, Nehenta Bay, Cap Esperance, Kwajalein y el crucero ligero Miami. Por otra parte, la 3ª Flota contó el número de 800 desaparecidos o heridos y 186 aviones hundidos , o irreparables. El balance era más grave que después de cualquier batalla anterior. La 3ª Flota se vió obligada a retirarse a Ulithi para ser reparada y no pudo continuar el programa previto.

 

Aunque en el frente americano se decretó la consigna de silencio y no se difundieron las consecuencias desastrosas del tifón, los japoneses se enteraron de algunos de los innumerables daños infilgidos al enemigo. Los más imaginativos o místicos pensaron que el tifón era un soplo divino, el mismo que el el siglo XIII había destruido la flota del adversario y salvado con ello del desastre del Japón eterno. Tal como era frecuente en este país, las ideas eraan el fruto de una simbiosis sorprendente entre el misticismo (el viento divino Kamikaze) y una lucidez realista. De todos modos, esta forma de ver las cosas no hubieran tenido a su disposición un gigantesco arsenal naval que, por su calidad y cantidad, les ayudó a soportar el terrible golpe.

 

A esta pérdida accidental venían a sumarse los resultados de los ataques kamikaze realizados después del 25 de octubre. Estas comenzaban hasta tal punto a inquietar al Estado Mayor americano que se concibió la peor de las catástrofes en caso de intensificarse el procedimiento enemigo. Si se contaban los portaaviones Princeton y Saint Lo juntamente con el destructor Azbner Read (DD 526), hundido el 1 de noviembre de 1944 en el golfo de Leyte, sin tener en cuenta las pérdidas sufridas en la batalla de Leyte, resultaban por 6 los buques importantes que se habían ido a pique bajo el ataque de la aviación japonesa. Además, debía pensarse en las decenas de barcos que a causa de las grandes averías se habían visto obligados a retirarse.

 

 

La invasión inminente

 

El desembarco del 7 de diciembre había trastornado la situación militar en Leyte. Las tropas de la 77 división americana habían conquistado la localidad de Ormoc y derrotado a las fuerzas japonesas, lo que permitía a este cuerpo ir al encuentro de la 1ª división. La unión se realizó el 21 de diciembre, día en que la resistencia nipona se hundió. Desde entonces, tan solo quedaron algunos núcleos de resistencia que, aunque restringidos, eran sólidos. Si bien la conquista no podía darse por terminada, se había superado el peligro más grave y los mandos americanos pudieron ya preparar otras operaciones.

 

En Mindoro las fuerzas ocupantes encontraron pocas dificultades. No obstante, el 21 de diciembre un vuelo Kamikaze se lanzó contra los buques de desembarco que cruzaban las aguas cercanas a las playas sobre la que se efectuaba la invasión. De nuevo, 2 transportadores LST fueron hundidos y algunos otros averiados. Entre tanto, fuerzas americanas, asociados a unidades partisanas filipinas, habían tomado de nuevo el control de la gran isla de Samar.

 

Con objeto de contener el grave peligro que representaban los ataques Kamikaze, el vicealmirante John S. MacCain, jefe del Task Group TG 38-I y segundo comandante de la Task Force 38, adoptó una nueva táctica basada en 3 puntos. En primer lugar, con el fin de desanimar a los aviadores enemigos, aumento, mediante un entrenamiento intensivo, la densidad del fuego y la precisión de tiro de la DCA. Luego acrecentó de un modo sensible el número de cazas de los portaaviones de combate, en detrimento del de bombarderos en picado. Así pues, las patrullas de cazas protectores denominados "la sombrilla permanente" vieron doblar, e incluso tripicar, e incluso triplicar, su número. Finalmente se organizaron rotaciones permanentes de cazas que volaban sobre los aeropuertos japoneses de las Filipinas, con preferenica Luzón. Cazas frecuentemente relevados impidieron a los Kamikaze lanzarse a realizar grandes vuelos y destruyeron gran número de aparatos alineados en sus pistas. En pocos días fueron derribados 200 aparatos japoneses. Sin embargo, algunos aviones suicidas japoneses, procedentes de terrenos de socorro o de aerodromos menos viigilados. lograron despegar, pero no ocasionaron importantes pérdidas.

 

En el frente japonés , la situación había tomado un sesgo dramático. Se sabía que la invasión de Luzón era inminente y todas las energías estaban dirigidas a afrontarla. No obstante, las enormes pérdidas en material aéreo, debidas a los incesantes bombardeos americanos y a los numerosos vuelos sin retorno de los voluntarios Kamikaze, habían reducido el número de aviones disponibles. Además, la marina y la aviación americanas ejercían un cerco cada vez más estrecho alrededor del archipiélago, lo que impedía la llegada de refuerzos y de provisiones. Luzón tenía tan solo reservas de carburante y piezas de recambio para una decena de días. El inventario del material revelaba que los japoneses no disponían de más de un cententar de aviones, de los cuales unos 20 no estaban en condiciones de volar.

 

Fue entonces cuando, en la noche del 23 al 24 de diciembre, un grupo formado por 13 cazas Zero salió del aerodromo de Genzan en Formosa, en dirección a las Filipinas; iba a mando del Tte de navío Kanaya. Los aviones volaron en la oscuridad sobre el estrecho de Bashi y antes de nacer el nuevo día aterrizaron en Mabacalat. Rápidamente, los aparatos fueron escondidos bajo los árboles, en tanto que los pilotos recibían las instrucciones tácticas referentes a la nueva misión. Este había de ser el último refuerzo japonés para las Filipinas; ningun otro llegó a Luzón en todo el tiempo que había de durar la guerra.

 

En el mar, el número de navíos americanos era cada vez más numerosos. Ya sea con el fin de abastecer o sostener los anteriores desembarcos o bien para preparar nuevas operaciones, centenares de buques de los mas diversos tipos surcaban las aguas alrededor d las islas centrales de Filipinas. Numeros convoyes efectuaban travesías con el fin de llevar a las unidades americanas en combate las enormes cantidades de material y provisiones que necesitaban. Ninguna maniobra naval del enemigo escapaba a la vigilancia de la aviación japonesa, la cual decidió intervenir. Varios grupos de aviones Kamikaze, procedentes de Mabacalat, atacaron el 30 de diciembre uno de los convoyes de abastecimiento en aguas de Mindoro.

 

8 aviones suicidas fueron a estrellarse contra el objetivo, hundiendo 4 buques y averiando otros tanos. Entre los barcos que aquel día se fueron a pique destacan el petrolero Porcupine (IX 126) y un transporte de municiones que bajo el choque producido por el impacto, se desintegró, en medio de una gigantesca llamarada de más de 100 m de altura. Toda la tripulación halló la muerte. Dos días después, también en aguas cercanas a Mindoro, otros transportes sufrieron serias averías en mayor o menor cantidad, en tanto que un buque de carga lleno de explosivos y municiones, se volatilizó. No se dió ningún otro ataque Kamikaze en este sector.

 

 

 

(Acabado este apartado lo dejamos aquí. Era importante la supremacía material norteamericana: tenían recambio para todas sus pérdidas.)

 

Saludos

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La reconquista de Luzón

 

El alto mando japonés tenía una idea muy precisa de las intenciones americanas y había previsto cuál sería su desarrollo. Conocía el deseo del enemigo de reconquistar la gran isla de Luzón con el fin de disponer en ella de importantes bases, en vista a ulteriores operaciones, y sabía también cuál era aproximadamente el potencial de las fuerzas que se preparaban para este objetivo. La invasión de Luzón iba a realizarse para primeros días de enero de 1945. Finalmente, la evolución de la situación militar en las islas de Leyte y Mindoro, que estaban ya en manos de los americanos, permitía a los japoneses establecer un calendario preciso de las futuras operaciones.

 

¿No venía Radio Tokio anunciando desde el día 28 de diciembre en su emisión en lengua inglesa, que la invasión de Luzón tendría lugar el 9 de enero? ¿Intuición? ¿Coincidencia? Si bien la fecha se reveló exacta, no obstante, los japoneses no se hallaban seguros del lugar. Muchos oficiales se inclinaban por el golfo de Lingayen, lugar frecuentemente utilizado en el curso de la historia, pero tampoco era imposible que las fuerzas americanas, con el fin de sorprender por la retaguardia a las tropas niponas, desembarcasen en el región de Aparri, al extremo norte de Luzón.

 

En el frente americano los preparativos estaban en plena efervescencia y los buques de diversas flotas embarcaban las últimas provisiones. El 2 de enero de 1945, el primer refuerzo constituido por 164 barcos, al mando del vicealmirante Jesse B. Oldendorf, soltó amarras dirigiéndose hacia el oeste por el estrecho de Surigao. El paso de una flota tan importante por esta zona marítima costera llamó la atención durante la tarde de aque mismo día, a un vigía japonés apostado en el campanario de una iglesia de un pequeño pueblo del nordeste de Mindanao. La información fue transmitida a los mandos nipones quienes al día siguiente enviaron algunas aviones Kamikaze.

 

La DCA de los buques fue tan rápida y eficaz, que solo un avión pudo efectuar el Jibaku. El aparato suicida explotó sobre un petrolero, pero contra toda lógica, no se produjo ningún incendio y el barco continuó su ruta; lo que sí hubo que lamentar fue la pérdida de dos hombres. Los japoneses concentraron entonces toda su atención y esfuerzos sobre la flota enemiga de invasión. Aviones de recco nipones vigilaron sin interrupción la marcha de esta escuadra que iba hacia el noroeste, en dirección del mar de la China meridional.

 

Al mediodía del 4 de enero, en tanto que la escuadra de Oldendorf giraba dirigiéndose hacia el oeste de la isla de Panay, los aviones japoneses hicieron su aparición. La tripulación americana constató que se trataba de aparatos bimotores de un nuevo tipo que hasta el momento no habían sido vistos. Varios de los aviones fueron derribados antes de atacar en picado, pero uno de ellos consiguió pasar a través de la barrera homicida de la DCA y cayó contra un portaaviones de la escolta. El avión japonés, que descendió a gran velocidad, se estrelló en el centro del puente de vuelo del Ommaney Bay (CVE 79), lo que desencadenó rápidamente un violento incendio El barco americano se estremeció bajo las numerosas explosiones internas a medida que las llamas alcanzaban los almacenes de munición. Frente a la grandiosidad del siniestro los mandos se vieron obligados a evacuar el buque y un destructor terminó de aniquilarlo, a fin de que los restos no cayesen en manos japonesas.

 

En Mabalacat, el Tte de navío Kanaya, que el 24 de diciembre había llegado a este aeropuerto procedente de Formosa, conquistó muy pronto la estima y admiración de todos. Kanaya había proseguido, inalterable, el entrenamiento de sus hombres, a quienes exigía mucho, obteniendo de ellos el máximo de precisión, rapidez y eficacia. Muy rígido para consigo mismo, daba pruebas de una honestidad e integridad especiales, pudiendo considerarsele como el típico guerrero en el más puro samurai. Con una corrección ejemplar por su celo y rigor se había convertido en pocos días en el simbolo y ejemplo de los Kamikaze. Al presentarse voluntario para la misión suicida, Kanaya había sido rechazado siempre a causa del papel esencial que jugaba en el entrenamiento y organización de los cuerpos Kamikaze en Mabalacat.

 

No obstante, la gravedad y urgencia de la situación militar exigían que se intentase un nuevo esfuerzo. La tarde del 4 de enero, Kanaya obtuvo al fin la autorización de salir hacia la próxima expedición sin retorno. Su espera fue de corta duración, pues al día siguiente surgió la ocasión. En aque momento la 7ª Flota americana en ruta hacia el noroeste, se hallaba en el paralelo de Manila. El 5 de enero, Kanaya despegó de Mabalacat con 15 cazas especiales Zero y 2 cazas de escolta del mismo tipo, dirigiéndose hacia el lugar señalado por un avión recco.

 

Un poco antes de llevar una hora de vuelo, Kanaya divisó la flota enemiga, pero descubrió al mismo tiempo que se hallaba protegida por una importante formación de cazas Hellcat. Ambos grupos enemigos se divisaron al unísono, dirigiéndose al encuentro uno contra el otro. El excelente entrenamiento que Kanaya había dado a sus hombres dió su fruto. Después de un breve combate aéreo, en el curso del cual un solo avión japonés fue derribado, el grupo nipón consiguió derrotar a los cazas enemigos y se aproximó a los buques. Una vez más la DCA se desencadenó de un modo infernal, pero no pudo impedir que los 16 aviones japoneses realizasen su cometido.

 

El Tte de navío Kanaya hizo oscilar las alas de su aparato en señal de ataque. Al instante inició su caída en picado, dirigiéndose directo hacia el portaaviones de escolta Manila Bay (CVE 61). Se produjo en gran relámpago anaranjado e innumerables fragmentos fueron proyectados a gran altura. Los camaradas de Kanaya cayeron sucesivamente uno tras otro y 4 de ellos se estrellaron contra los cruceros pesados australianos Australia y americano Louisville (CA 28), un destructor y una lancha de desembarco tipo LCL. Otros 4 aviones Kamikaze fallaron de muy poco el golpe, yendo a explotar en el mar cerca de los barcos apuntados que los averiaron.

 

Durante el ataque, la DCA obtuvo varios éxitos y derribó algunos aviones antes de que estos pudieran lograr su objetivo. Aunque ninguno de los buques atacados se fue a pique, el combate revistió bastante importancia y el Estado Mayor americano empezó a inquietarse. Esta iba a ser la última operación importante del 1º Cuerpo Kamikaze, el cual, a partir de este momento, se encontraría falto de aviones.

 

 

(Acabado el Apartado es el momento de dejar la transcripción.)

 

Saludos.

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El canto del cisne

 

El personal de tierra del 1º Cuerpo Kamikaze, no podía concebir que de ahora en adelante no se realizarían más ataques especiales. Durante semanas enteras, todos los hombres se habían entregado completamente a la preparación de estos vuelos y ahora les resultaba intolerable estar desocupados. Un mensaje emitido por un avión recco. japonés durante el mediodía del 5 de enero, hizo aumentar la rabia impotente que les embargaba. Se anunció la presencia en el mar, entre Mindanao y el oeste de Luzón de varios convoyes americanos. El telegrama precisaba que todos estos grupos navales se dirigían hacia el norte, a una velocidad de 14 nudos y que uno de ellos estaba integrado por una cantidad no menor de 700 buques. Ninguna armada de tales proporciones se había visto hasta entonces en aguas de Filipinas,

 

Cuando los mecánicos japoneses se enteraron de la aterradora noticia, se dirigieron hacia un claro del bosque, a un lado del terreno de aviación de Mabalacat, en donde se encontraban algunos aviones aviones, preparados para ser destruidos. Estos aparatos, habiendo sido considerados fuera de uso, ni figuraban en las listas de material. Los mecánicos emprendieron la imposible tarea de repararlos. Trabajaron obstinadamente durante toda la noche, sin tomar ni tan siquiera un momento de reposo. El 6 de enero, al nacer el día, el jefe de los mecánicos, pálido y con ojeras por la fatiga excesiva, pero con una amplia sonrisa, se personó en el puesto de mando y entregó oficialmente 5 cazas al comandante Tamai.

 

Esta inesperada aportación tenía algo de milagroso que hizo a los mandos mostrarse en un principio incrédulos, pero cuando vieron a lo lejos los aviones, las lágrimas asomaron a sus ojos. De un modo distiinto, el personal de tierra daba, a su manera, pruebas de un mismo entusiasmo y sobre todo de un espíritu Kamikaze idéntico al de los pilotos voluntarios. Tamai reunió a los 30 aviadores de la base y les anunció la increible noticia, rogándoles reflexionasen antes de presentarse como candidatos para esta imprevista y postrera misión. Los 30 hombres levantaron entusiásticamente los brazos, lo cual hizo todavía más complicada la tarea de los jefes, quienes se vieron obligados a proceder a una selección para escoger a los pilotos. Poco instantes después, el alférez de navío Yuzo Nakano, fue designado como jefe de la 1ª sección, en tanto que el alférez Kunitane Nakao lo era de la 2ª.

 

Los vuelos americanos eran incesantes y casi siempre se veían aviones enemigos sobre Mabalacat. Por otra parte, fue un milagro (el segundo) que ninguno de los 5 cazas resucitados fuera abatido por las bombas o incendiado por los continuos ataques de metralla. Aprovechando un momento de tranquilidad, los 5 Zero empezaron a correr sobre la pista; serían las 16,45 horas. Al pasar delante del pusto de mando, los pilotos proclamaron su alegría y agradecieron al comandante Tamai el haberles escogido. Los apararos comenzaron a tomar altura rumbo al noroeste, hacia Lingayen en donde se había advertido la presencia de una fuerte escuadra americana.

 

Cuando, el 6 de enero, la flota del almirante Oldendirf penetró en el golfo de Lingayen para preparar el inminente desembarco, los marinos americanos presentían que la jornada iba a ser muy agitada. Efectivamente, se respiraba un aire especial, como si la tranquilidad del ambiente escondiera una próxima tempestad. El cielo era azul y claro con pocas nubes y el mar estaba ligeramente agitado. Protegidos por los potentes cañones de la flota, los dragaminas empezaron su trabajo, que consistía en abrir grandes canales para la navegación. De hecho se hallaron muy pocas minas y tan solo fueron eliminadas algunas obstrucciones submarinas.

 

Los artilleros americanos estaban ansiosos y verificaban sin cesar el buen estado de los cañones, controlando las provisiones y haciendo girar las torres. Fue casi con alivio que, a través del radar les llegó la noticia de la proximidad de aviones enemigos. A las 11.45 horas aparecieron sobre el golfo de Lingayen varios grupos de aviones del 2º Cuerpo Kamikaze. El cielo perdió su nitidez y en pocos segundos se vió constelado de negros copos, de relámpagos y rayos luminosos. La DCA no había sido nunca tan rápida ni tan encarnizada. Los artilleros batieron el record de velocidad en el aprovisionamiento de las piezas, que apenas tenían tiempo de enfriarse. Los aviones japoneses continuaban acercándose en grupos, rodeando la flota, buscando el mejor ángulo de ataque. Poco antes del mediodía cayó el primer Kamikaze, seguido minutos después por sus camaradas. Era un espectáculo dantesco, y en tanto que se sucedían los relámpagos del impacto sobre los buques, iban llegando otros grupos de aviones. Parece que los japoneses quisieran verter todas sus reservas en esta batalla que consideraban como el último holocausto de la guerra. Era el canto del cisne, el mismo que los americanos habían escuchado poco antes que se iniciara el combate. En el transcurso de las guerras, con frecuencia, se dan extraños presentimientos, que dependen tan solo de un modo lejano de la razón y que tienen su especial razón de ser en el campo del subconsciente y la sensibilidad imaginativa.

 

Los japoneses actuaban por escuadrillas, compuestas por varios aviones y sin cesar enviaban nuevos grupos, dejando unas pausas muy cortas entre cada ataque. No obstante, fueron derribados numerosos aparatos, ya sea por los cazas o por la DCA, pero el número de los asaltantes, su ensañamiento y su abnegación excedieron con frecuencia la defensa y varias decenas de Kamikazes realizaron con éxito el Jibaku.

 

A mediodía, según el 1º balance establecido, habían sido tocados los acorazados California (BB 44) y New Mexico (BB 40), atacados ambos por 2 aviones suicidas. El buque ligero Columbia (CL56), 3 destructores y un abastecedor de hidroaviones no habían podido escapar de un ataque directo. El dragaminas Log (DMS 12) que había sido alcanzado 2 veces, se mantuvo a flote algunas instantes, para terminar hundiéndose. Otro dragaminas, el Hovey (DMS 11) y el destructor-transporte rápido Brooks (APD 10), ambos averiados, se fueron a pique horas más tarde. Finalmente los cruceros pesados Australia y Louisville habían sido víctimas, por segunda vez a lo largo de su carrera, del ataque japonés.

 

Hacia las 17 horas, cesaron los asaltos nipones; los marinos americanos apenas se habían repuesto de la emoción, cuando a las 17,30 horas un nuevo grupo japonés hizo su aparición sobre el golfo. Era los últimos 5 aviones del 1º Cuerpo Kamikaze, que había salido de Mabalacat a las 16.45 horas. A pesar del terrible tiroteo de la DCA americana, los 5 aparatos realizaron su lanzamiento Jibaku, alcanzando un crucero, un acorazado y 3 grandes transportes. Este fue el postrer ataque de la jornada.

 

Esta formidable batalla Kamikaze, la más importante de toda la campaña filipina, consumió lo esencial de los efectivos disponibles de la aviación nipona en el archipiélago. Decenas de pilotos había sacrificado sus vidas con la vana esperanza de que la batalla mitigaría el inexorable avance americano. El balance general de la batalla de Lingayen quedaba saldado con el resultado de 3 buques hundidos y 11 más o menos averiados.

 

Desde entonces, tan solo una veintena de aparatos representaban las fuerzas aéreas niponas en las Filipinas. Algunos estaban incluso fuera de uso, pero el trabajo obstinado de los mecánicos y la abnegación sin límites de todo el personal, hicieron posible poner algunos en servicio. Sin embargo, ya no se podían organizar grandes vuelos colectivos y, de hecho, los pilotos despegaban a medida que se efectuaba la reparación de los aviones. Pequeños grupos de aviones organizaron algunos ataques.

 

 

 

(Era flagrante la desigualdad de fuerzas en esta fechas de primeros de año de 1945. Rebañando hasta el último aparato, los japoneses, intentaban parar la enorme maquinaria bélica norteamericana.)

 

Saludos

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(Seguimos todavía con el apartado "El canto del cisne". Tras un Punto y Aparte.)

 

En la madrugada del 7 de enero, cuando la 7ª Flota anfibia del contralmirante Daniel E. Barbey se encontraba en aguas cercanas a Mindoro, en ruta hacia Lingayen, un avión japonés logró burlar los radares y eludió las patrullas de cazas encargadas de la protección. Ante la sorpresa de todos, el piloto cayó tan rapidamente que la DCA intervino con retraso. No obstante, un obús de 127 mm fue a estallar cerca de él y en el último momento, el Kamikaze empezó a vacilar, yendo a estrellarse en la superficie del agua, contra el casco del buque ligero Boise (CL 47), en el que viajaba el gral. Mac Arthur.

 

Al mediodía, esta misma flota sufrió un nuevo ataque. De una nube, surgió un solitario Kamikaze, que picó contra un transporte LST. Su impacto provocó una detonación colosal que pudo oirse a varias decenas de millas a la redonda. Los demás buques pensaban que el LST atacado desaparecería. Cuando la humareda se disipó, apareció el transporte completamente devastado, aunque a flote; fue remolcado hasta el puerto amigo más próximo. Un poco más lejos, hacia el norte, un piloto voluntario japonés, conduciendo uno de los Zero recientemente reparados, voló sosbre el golfo de Lingayen y aprovechó habilmente la presencia de pequeñas nubes para aproximarse a la flota americana. Ejecutando dificiles maniobras para huir del ataque de la DCA, escogió su objetivo y se lanzó contra él. Nada pudo contenerle y fue a estallar contra el dragaminas Palmer (DMS 5); el espantoso impacto hizo que el pequeño buque se fuese a pique unos instantes después.

 

El 8 de enero, a un centenar de millas de Batán, un avión japonés divisó la 7ª Flota anfibia del almirante Barbey y la siguió durante unos minutos. El aparato, una caza especial tipo Zero, se mantuvo un momento fuera del campo de acción de la DCA. El piloto, con una calma y una sangre fría dignas de admirar, escogió un objetivo como si estuviera efectuando prácticas. Insensiblemente, se aproximó a los buques, atravesando milagrosamente la barrera de fuego de la defensa antiaérea y se precipitó a gran velocidad. En medio de un gran ruido, el Kamikaze fue a estrellarse contra el portaaviones de escolta Kadashan Bay (CVE 76), poniéndolo fuera de combate. Los daños eran tremendos según se podía deducir de las altas llamaradas que subían del barco americano.

 

Minutos más tarde, aprovechando una pausa dentro del estado de alerta provocado por su glorioso predecesor, un 2º Kamikaze se aproximó sin despertar la atención, y se lanzó contra un transporte de tropas. Si bien se creyó que el buque, cargado de hombres, no podría sobrevivir al espantoso choque del Kamikaze, sin embargo, continuó manteniéndose a flote y pudo incluso continuar su camino, teniendo que lamentar la pérdida de algunas decenas de marinos y soldados.

 

Durante este mismo día, algunos aparatos japoneses volvieron a hacer su aparición sobre el golfo de Lingayen, y aunque la mayoría fueron derribados por los cazas americanos y la DCA, dos de ellos pudieron situarse en buena posición y atacar. El crucero Australia, que en menos de una semana era victima, por 3ª y 4ª vez, de los aparatos Kamikaze, recibió una tras otra 2 fulgurantes descargas. Los daños ocasionados a bordo fueron considerables, pero el comandante rehusó obstinadamente alejar el buque de la zona de combate, a pesar de las insistentes invitaciones del almirante Oldendorf.

 

El 8 de enero, también fue atacada la flota de transportes de tropas del almirante Theodore S. Wilkinson, que se encontraba entonces sobre el paralelo de Manila. A la hora del crepúsculo, un aparato Kamikaze salió de la penumbra, lanzandose directo sobre el portaaviones de escolta Kitkun Bay (CVE 71) sobre el que se estrelló. La explosión, que a una hora tan avanzada resultó ser deslumbradora, desencadenó un violento incendio y el buque, seriamente averiado, tuvo que retirarse en un estado inquietante.

 

 

Los últimos sobresaltos

 

El 9 de enero, según los pronósticos difundidos por Radio Tokio, la importante flota de invasión americana se encontraba, antes del alba, ene el golfo de Lingayen, dispuesta a realizar el gran desembarco. A la palida luz del claro de luna, las embarcaciones de asalto caían de sus serviolas y empezaban a acercarse a los transportes de tropas para embarcar a los soldados. Algo más lejos, en alta mar, las tinieblas se desgarraban con los innumerables destellos de artillería de los buques que bombardeaban incesantemente la playa, preparando con ello el terreno de la futura cabeza de puente. El resplandor de levante comenzaba a teñir el horizonte de amarillo; el tiempo era claro y el mar apenas estaba agitado.

 

Hacía algunos minutos que el sol había hecho su aparición, cuando fueron divisados 3 aviones japoneses. Procedentes del sudeste, iban aproximándose de espaldas al sol, de modo que sorprendieron la defensa y picaron antes de que ésta hubiera reaccionado eficazmente. El 1º Kamikaze se dirigió contra un destructor de la escolta, pero a causa de la gran velocidad de su caída, falló el objetivo, pasando sin embargo tan cerca de él que rompió el mastil y explotó en medio de una gran cantidad de espuma. El 2º avión realizó con éxito el Jibaku, y fue a estallar contra el crucero Columbia, buque ya dañado el 6 de enero y que desde entoces se encontraba en un triste estado. El 3º aparato suicida pudo ser contenido por un impacto directo de 127 mm y sus restos inflamados volaron en todas direcciones.

 

El gigantesco despliegue de las fuerzas navales americanas reunidas en las cerrada aguas del golfo de Lingayen, constituían un objetivo ideal para los japoneses, pero estos no disponían ya de los medios necesarios para hacer frente al desembarco, el cual se inició sin que los soldados americanos encontrasen seria oposición. En pocas horas, numerosas tropas y gran cantidad de material de abastecimiento tomaron tierra. La cabeza de puente se convirtió rápidamente en inexpugnable. La aviación americana de la marina y del ejército desde los nuevos aerodromos conquistados en Mindoro apoyaban el avance del ejército a la vez que aseguraban la protección de la tropa anfibia.

 

Sin embargo, un pequeño grupo de aviones japoneses logró salvar, al medidodía, todos los obstáculos y llegó hasta los buques americanos. Dos Kamikaze lograron su objetivo, en tanto que varios otros caían envueltos en llamas. El acorazado Mississipi (BB 41) fue sacudido por el violento choque de la explosión, que mató o hirió cerca de un centenar de tripulantes. El destino señalaba al crucero Australia, el cual encajó un nuevo Kamikaze, el 5º en toda su carrera. Este buque, que poseía una gran resistencia, no fue por ello menos afectado, quedando en mal estado, que no podía establecerse ninguna relación entre su aspecto actual y el del soberbio buque de antaño.

 

El 9 de enero, los servicios secretos americanos supieron que los japoneses había extendido el principio de ataque Kamikaze a todas las formas de combate. Los soldados americanos habían tenido múltiples ocasiones de comprobar y temer el fanatismo de los combatientes nipones y esta noticia no supuso para ellos una gran sorpresa, pero en lo que se refiere a la marina, la información recibida dió paso a una cierta inquietud. Considerando que la flota imperial había sido diezmada, había muy pocas posibilidades de que el peligro proviniese de los grandes buques que navegaban por la superficie. Quedaban los submarinos, y los pequeños barcos que, numerosos, podían todavía infligir graves daños. Los americanos no dejaban de formularse hipotéticas preguntas y en el fondo nadie tomó demasiado en serio la información.

 

 

 

(Lo dejamos así y aquí. Al Japón ya le empiezan a faltar las suficientes piezas para intentar parar el empuje invasor americano.)

 

Saludos

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(Más peripecias de este mes de enero 1945 en PTO. Tras un Punto y aparte.)

 

No obstante, se ordenó especial viigilancia durante la noche del 9 al 10 de enero y una espesa nube de humo artificial cubrió la flota de transportes de desembarco con el fin de disimularla. Al igual que cada noche, los buques de gran tamaño se hallaban en alta mar. Muchos americanos encontraban ridículas y superfluas estas medidas especiales de seguridad; pero poco después de medianoche, minúsculas y sospechosas manchas hicieron su apariciónen las pantallas de los radares de vigilancia. Los ecos no correspondían a los habitualmente emitidos por los aviones; solo podían tener su orígen en una multitud de pequeños objetos sobre la superficie marítima, La curiosidad se transformó en inquietud. Rápidamente informados, todos los vigías ecuadriñaron las tinieblas, pero fue en vano.

 

La artillería lanzó algunos obuses lumninosos en la dirección indicada por las señales de los radares. Entonces pudo descubrirse, a menos de 5 millas, una importante escuadra liliputiense compuesta por unas 70 pequeñas lanchas automóviles, que marchaban directamente hacia los transportes americanos. Tripuladas por 2 hombres, eran portadoras, en su parte delantera, de una fuerte carga de explosivos provistos de un detonador. Su propulsión se hallaba asegurada por la empírica dotación de un motor de coche fabricado en serie. Todos los cañones de la flota americana empezaron a disparar, levantando un verdadero muro de fuego y agua. La mayoría de las lanchas no pudieron resistir el fuego de los obuses y las grandes masas de espuma levantadas. Fue una verdadera hecatombe, pero, no obstante, algunas lograron atravesar la cortina y se lanzaron contra los buques americanos. Se pudieron escuchar una docena de explosiones originadas por los impactos y cuando todo hubo terminado, y el silencio de la noche volvió a reinar, pudo constatarse que se iba a pique un transporte de infanterñia (LCI), al tiempo que otros 6 buques de carga LST y LCI habían sido gravemente averiados. Era la 1ª vez que los japoneses atacaban , así osamos decirlo, según el nuevo sistema de "Kamikaze naval".

 

El 10 de enero se presentaron sobre el golfo de Lingayen nuevos aviones suicidas procedentes de las recostrucciones efectuadas sobre los armazones de aviones destruidos, dirigiéndose al ataque de la flota americana. Al menos dos de ellos tuvieron éxito, y lograron tocar y averiaron una par de buques enemigos. El 11 de enero tuvo efecto un nuevo ataque, en el que actuó un pequeño numero de participantes, que se dirigieron contra los buques de abastecicmiento. Uno de los aparatos Kamikaze fue a estrellarse sobre el destructor-transporte rápido Belknap (APD 34), el cual fue arrasado y tuvo que ser barrenado.

 

Al día siguiente, 12 de enero, una escuadrilla nipona de mayor importancia atacó la flota americana de Lingayen causando averías de diferente gravedad a 9 de sus buques, número que podía considerarse como importante. El 13 de enero un grupo de aviones suicidas cayó sobre la defensa, dañando a 3 nuevos barcos. Era evidente que los japoneses utilizaban sus últimas reservas. Muy pronto los ataques fueron espaciándose y únicamente se daban algunos asaltos aislados, sin coordinación, ejecutados la mayoría de las veces por un solo avión, no rebasando nunca los aparatos el número de 2. El 15 de enero terminaron los ataques Kamikaze.

 

No puede decirse que "la lucha cesase por falta de combatientes" ya que no eran pilotos voluntarios lo que faltaba sino aparatos. La aviación japonesa en las Filipinas había dejado ya de existir. La defensa del archipiélago estaba ahora en manos del ejército de tierra del mariscal conde Terauchi y de su principal adjunto el gral. Tomoyuki Yamashita.

 

 

 

Capítulo 5

 

La escalada: Epílogo de una campaña

 

Así pues, la aviación japonesa en Filipinas terminaba de consumirse totalmente. Era quizá la 1ª vez, en el curso de la historia, que un ejército tan importante desaparecía integramente. Desde el 25 de octubre de 1944, casi todos los materiales aeronáuticos de que disponían las fuerzas aéreas del archipiélago habían sido utilizadas en las empresas tipo Kamikaze, con la diversidad de resultados que ya conocemos. Según los archivos japoneses, 424 aviones de todo tipo habían tomado parte en las operaciones suicidas y 500 voluntarios habían hallado la muerte en ellas. Para el alto mando imperial, resultaba muy alentadora la cifra de buques enemigos que habían sido hundidos y, sobre todo, el número de los que, sufriendo graves averías, se habían visto obligados a retirarse.

 

Las primeras conclusiones extraidas de esta campaña aeronáutica concluían en la necesidad de continuar utilizando el sistema Kamikaze. Resultaba evidente que la cantidad, relativamente moderada, de aviones destrozados se veía largamente compensada por la gran cantidad de pérdidas infligidas al adversario. En ninguno de los combates aeronavales que se habían producido después de la batalla del mar del Coral, en mayo de 1942, los resultados habían sido tan alentadores. Además, los japoneses se acordaban todavía demasiado bien de la batalla de las Marianas, acontecida en junio de 1944, en el curso de la cual se perdió un numero parecido de aviones sin poder, no obstante, causar el más pequeño daño al enemigo.

 

Considerando la situación económica, industrial y técnica del Japón por aquellos tiempos, así como la aplastante superioridad cualitativa y cuantitativa de las fuerzas americanas, era evidente que aquella cantidad de aviones no habría podido nunca pretender la obtención de resultados semejantes si hubieran utilizado ataques de tipo clásico. Así pues, no se trataba de poner en discusión el procedimiento, sino que, al contrario, había que proyectar su extensión y generalización en las futuras campañas.

 

Los mandos japoneses de las Filipinas, desprovistos, después de la batalla de Leyte, de una marina eficiente y encontrándose de ahora en adelante faltos de aaviones organizaron un sistema de defensa basado excusivamente en los efectivos importantes del ejército de tierra. A finales del mes de diciembre de 1944, todas las energías desplegadas iban dirigidas a este objeto. A causa de la falta de barcos y de la supresión de orperaciones navales, todos los marinos se habían incorporado al ejército de tierra. A finales del mes de diciembre cuando la aviación utilizaba ya sus últimas reservas, el almirante Onishi negoció el traslado a las unidades terrestres de los pilotos que iban a quedarse sin empleo. Si la perspectiva de convertirse en soldados de infantería disgustó a algunas aviadores, puede afirmarse que, por el contario, sus entusiasmo y resolución no decrecieron nunca. Para el almirante Onishi, al igual que para otros muchos japoneses, no era necesario pilotar un avión para ser un Kamikaze. Se trataba de un estado de espiritu especial, no importa cuál fuera la especialidad del individuo.

 

El almirante Onishi, en nombre de la extinguida flota aérea, se comprometió a participar estrechamente en la defensa terrestre de Luzón. El vicealmirante Sugimoto, jefe de la 26 Flotilla, y el capitán de navío Toshihiko Odawara, jefe del estado mayor de la 1ªa, terminaron de perfilar las modalidades de aplicación. Según el plan de defensa, estaba previsto que el grueso del ejército se retirase hacia la parte noroeste de la isla y que se estableciera una linea de resistencia fortificada siguiendo la diagonal noroeste-sudeste. El sector reservado a los aviadores, ahora soldados de infantería quedaba a algunas kms de Banban, pequeña localidad en la que estaba instalado el HQ de la 1ª Flota aérea. La 2ª Flota aérea del almirante Fukudome, que por aquella época disponía todavía de un cierto número de aviones, no se hallaba afectada por estas disposiciones.

 

 

 

(Hay que seguir insistiendo en la aplastante superioridad norteamericana en todos los ámbitos de la lucha; otros adversarios que no fueran los japoneses habrían ya tomado nota y consecuencias de este palmario desnivel.)

Saludos

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Buenasss

 

Desde los comienzos del mes de enero de 1945, la situación militar comenzó a evolucionar muy rápidamente y era evidente que incluso la existencia de la aviación japonesa en tanto que fuerza activa era tan solo cuestión de días o quizás de horas. El almirante Onishi, más que ninguna otra persona, era consciente de esta realidad y no podía soportar la idea de que toda la aviación de las Filipinas se viera reducida a cero. Si bien admitía que todos los aviones fueran lanzados a los ataques suicidas y que el personal de tierra se incorporase al ejército con el fin de defender la isla de Luzón, le parecía intolerable que incluso las estructuras de la aviación se vieran condenadas a no sobrevivir.

 

El almirante insistió que el estado mayor de la 2ª Flota aérea marchara de las Filipinas para instruir otras nuevas unidades. La guerra no había terminado todavía y quedaban, sin duda alguna, muchas otras batallas. Era preciso que la incomparable experiencia adquirida en las Filipinas pudiera servir a las futuras generaciones de aviadores, El 4 de enero, Onishi presionó a los delegados de la 2ª Flota para que así fuese. El almirante Fukudome dudaba en tomar la decisión, por el hecho de que había aún algunos aviones disponibles que podía ser enviados a la batalla de Lingayen; pero el día 6, en el curso de una conferencia, admitió la idea del traslado.

 

En la tarde del 6 de enero, los almirantes Onishi y Fukudome, así como otros oficiales de estado mayor, se reunieron alrededor de una larga mesa, en la bodega de una casa en Banban. Frente a platos de sepia en conserva y vasos llenos de sake, se despidieron solemnemente. Esta misma noche del 6 al 7 de enero, aterrizaron en el aerodromo de Clark procedentes de Formosa dos bimotores Betty, con el fin de evacuar al estado mayor de la 2ª Flota. El almirante Fukudome y sus colaboradores se trasladaron de Banban a Clark en coche, montando seguidamente a bordo de los aparatos. Ambos bombarderos despegaron rápidamente, aprovechando la noche para burlar al enemigo, y llegaron a Tainan poco antes del alba.

 

 

El traslado a Formosa

 

De ahora en adelante, el almirante Onishi, su estado mayor y el personal de la 1ª y 2ª Flotas permanecieron en Filipinas para participar en su defensa terrestre. El almirante no dejaba de considerar su situación con cierta tristeza, pero su entusiasmo, el espíritu Kamikaze y sobre todo la resolución y la entrega de sus hombres, hacía que se consagrase de un modo total a su nueva tarea. No obstante, Onishi sabía muy bien que el desenlace final de la mutación de los aviadores en soldados de infantería tan solo se podía saldar con la muerte. No podía pensarse en efecturar una evacuación y era de preveer que la resistencia a la invasión iba a terminar con el aniquilamiento de todas las fuerzas japonesas en Filipinas. Consciente y seguro de ello, el almirante no quería que desaparecieran en la tormenta ni sus archivos personales ni el inventario de las operaciones suicidas que constituían toda la historia de los Kamikaze y de las que se consideraba promotor.

 

La misma noche del 6 al 7 de enero convocó en Banban a su oficial de servicio, Tadashi Nakajima, y le encargó que reuniera rápidamente todos los documentos oficiales, trasladándolos a un lugar seguro; primero a Formosa y luego a Japón Consciente del inestimable valor de los archivos y de la importancia histórica que encerraban como mensaje dirigido a la humanidad, Onishi, recalcó a Nakajima que, no tan solo era responsable del traslado de estos documentos, sino que debía considerarse como testimonio viviente de la epopeya, para que el pueblo japonés pudiera ser informado sobre el verdadero espíritu Kamikaze. Abrumado por la importancia de su responsabilidad que pesaba sobre él, Nakajima se sintió vívamente emocionado y no pudo contener demasiado tiempo sus lágrimas.

 

Designado por el almirante y provisto de todos los salvoconductos necesarios, Nakajima pasó un día entero ocupado en reunir todos los documentos, de los que hizo sacar copia al alferez de navío Takeshi Shimuzu, un voluntario Kamikaze de gran valor, y el 8 de enero antes del alba se presentaron ambos en el aerodromo de Mabalacat. Shimuzu y su piloto subieron a bordo de un bombardero Suisei en tanto que el otro aviador y Nakajima, quien era el portador de los documentos originales, tomaron plaza en un segundo aparato del mismo tipo. Los dos aviones despegaron antes que el resplandor del naciente sol apareciese en el horizonte y, para mayor seguridad, tomaron caminos distintos. Horas más tarde, con un cierto retraso debido a un incidente mecánico sin gravedad, Nakajima llegó a Formosa, en donde se enteró que el avión de Shimuzu, perdido en la niebla, se había estrellado contra el monte Takao.

 

El 8 de enero de 1945, todo el personal de aviación en las Filipinas, entre los que se encontraban algunos aviadores voluntarios, calzaron las botas de combate y, equipados con armas portátiles, tomaron el camino de las montañas. Iniciaron una marcha forzada con el fin de ocupar los antes posible las posiciones asignadas Ninguno podía imaginar que empezaba para ellos una larga y penosa odisea.

 

Esa misma tarde llegó a Banban, procedente del estado mayor de la flota combinada, un inesperado y soprendente mensaje. En este telegrama oficial, el almirante Soemu Toyoda confirmaba las disposiciones tomadas en lo que se refería al nuevo empleo del personal, pero ordenaba al estado mayor de la 1ª Flota, a los pilotos y al personal radiotelegrafista de reserva, que marchasen hacia Formosa para continuar la lucha. El almirante Onishi, no podóa creerlo y no comprendía por qué el alto mando modificaba de un modo tan radical sus recientes órdenes. El almirante no sabía qué hacer, pues no quería abandonar de ningún modo a sus hombres; sin embargo, las órdenes eran precisas.

 

Si bien era posible trasladar en avión a todos los miembros del estado mayor, era por el contrario imposible, debido a la falta de aparatos apropiados, hacer lo mismo con el numeroso personal. El contralmirante Sugimoto, el vicealmirante Ichiba Kondo, jefe del depósito aeronáutico, y el capitan de navío Chuichi Yoshioka, subjefe del estado mayor de la 26ª Flotilla, intentaron localizar a los aviadores diseminados en las montañas, con el fin de hacerles marchar a pie hasta Tsugerao, al norte de Luzón. Una vez alí debían esperar ser evacuados, lo cual se llevaría a cabo sin la menor demora.

 

 

 

(Aprovechando el Punto y aparte, lo dejamos aquí)

 

Saludos



Buenasss

 

Desde los comienzos del mes de enero de 1945, la situación militar comenzó a evolucionar muy rápidamente y era evidente que incluso la existencia de la aviación japonesa en tanto que fuerza activa era tan solo cuestión de días o quizás de horas. El almirante Onishi, más que ninguna otra persona, era consciente de esta realidad y no podía soportar la idea de que toda la aviación de las Filipinas se viera reducida a cero. Si bien admitía que todos los aviones fueran lanzados a los ataques suicidas y que el personal de tierra se incorporase al ejército con el fin de defender la isla de Luzón, le parecía intolerable que incluso las estructuras de la aviación se vieran condenadas a no sobrevivir.

 

El almirante insistió que el estado mayor de la 2ª Flota aérea marchara de las Filipinas para instruir otras nuevas unidades. La guerra no había terminado todavía y quedaban, sin duda alguna, muchas otras batallas. Era preciso que la incomparable experiencia adquirida en las Filipinas pudiera servir a las futuras generaciones de aviadores, El 4 de enero, Onishi presionó a los delegados de la 2ª Flota para que así fuese. El almirante Fukudome dudaba en tomar la decisión, por el hecho de que había aún algunos aviones disponibles que podía ser enviados a la batalla de Lingayen; pero el día 6, en el curso de una conferencia, admitió la idea del traslado.

 

En la tarde del 6 de enero, los almirantes Onishi y Fukudome, así como otros oficiales de estado mayor, se reunieron alrededor de una larga mesa, en la bodega de una casa en Banban. Frente a platos de sepia en conserva y vasos llenos de sake, se despidieron solemnemente. Esta misma noche del 6 al 7 de enero, aterrizaron en el aerodromo de Clark procedentes de Formosa dos bimotores Betty, con el fin de evacuar al estado mayor de la 2ª Flota. El almirante Fukudome y sus colaboradores se trasladaron de Banban a Clark en coche, montando seguidamente a bordo de los aparatos. Ambos bombarderos despegaron rápidamente, aprovechando la noche para burlar al enemigo, y llegaron a Tainan poco antes del alba.

 

 

El traslado a Formosa

 

De ahora en adelante, el almirante Onishi, su estado mayor y el personal de la 1ª y 2ª Flotas permanecieron en Filipinas para participar en su defensa terrestre. El almirante no dejaba de considerar su situación con cierta tristeza, pero su entusiasmo, el espíritu Kamikaze y sobre todo la resolución y la entrega de sus hombres, hacía que se consagrase de un modo total a su nueva tarea. No obstante, Onishi sabía muy bien que el desenlace final de la mutación de los aviadores en soldados de infantería tan solo se podía saldar con la muerte. No podía pensarse en efecturar una evacuación y era de preveer que la resistencia a la invasión iba a terminar con el aniquilamiento de todas las fuerzas japonesas en Filipinas. Consciente y seguro de ello, el almirante no quería que desaparecieran en la tormenta ni sus archivos personales ni el inventario de las operaciones suicidas que constituían toda la historia de los Kamikaze y de las que se consideraba promotor.

 

La misma noche del 6 al 7 de enero convocó en Banban a su oficial de servicio, Tadashi Nakajima, y le encargó que reuniera rápidamente todos los documentos oficiales, trasladándolos a un lugar seguro; primero a Formosa y luego a Japón Consciente del inestimable valor de los archivos y de la importancia histórica que encerraban como mensaje dirigido a la humanidad, Onishi, recalcó a Nakajima que, no tan solo era responsable del traslado de estos documentos, sino que debía considerarse como testimonio viviente de la epopeya, para que el pueblo japonés pudiera ser informado sobre el verdadero espíritu Kamikaze. Abrumado por la importancia de su responsabilidad que pesaba sobre él, Nakajima se sintió vívamente emocionado y no pudo contener demasiado tiempo sus lágrimas.

 

Designado por el almirante y provisto de todos los salvoconductos necesarios, Nakajima pasó un día entero ocupado en reunir todos los documentos, de los que hizo sacar copia al alferez de navío Takeshi Shimuzu, un voluntario Kamikaze de gran valor, y el 8 de enero antes del alba se presentaron ambos en el aerodromo de Mabalacat. Shimuzu y su piloto subieron a bordo de un bombardero Suisei en tanto que el otro aviador y Nakajima, quien era el portador de los documentos originales, tomaron plaza en un segundo aparato del mismo tipo. Los dos aviones despegaron antes que el resplandor del naciente sol apareciese en el horizonte y, para mayor seguridad, tomaron caminos distintos. Horas más tarde, con un cierto retraso debido a un incidente mecánico sin gravedad, Nakajima llegó a Formosa, en donde se enteró que el avión de Shimuzu, perdido en la niebla, se había estrellado contra el monte Takao.

 

El 8 de enero de 1945, todo el personal de aviación en las Filipinas, entre los que se encontraban algunos aviadores voluntarios, calzaron las botas de combate y, equipados con armas portátiles, tomaron el camino de las montañas. Iniciaron una marcha forzada con el fin de ocupar los antes posible las posiciones asignadas Ninguno podía imaginar que empezaba para ellos una larga y penosa odisea.

 

Esa misma tarde llegó a Banban, procedente del estado mayor de la flota combinada, un inesperado y soprendente mensaje. En este telegrama oficial, el almirante Soemu Toyoda confirmaba las disposiciones tomadas en lo que se refería al nuevo empleo del personal, pero ordenaba al estado mayor de la 1ª Flota, a los pilotos y al personal radiotelegrafista de reserva, que marchasen hacia Formosa para continuar la lucha. El almirante Onishi, no podóa creerlo y no comprendía por qué el alto mando modificaba de un modo tan radical sus recientes órdenes. El almirante no sabía qué hacer, pues no quería abandonar de ningún modo a sus hombres; sin embargo, las órdenes eran precisas.

 

Si bien era posible trasladar en avión a todos los miembros del estado mayor, era por el contrario imposible, debido a la falta de aparatos apropiados, hacer lo mismo con el numeroso personal. El contralmirante Sugimoto, el vicealmirante Ichiba Kondo, jefe del depósito aeronáutico, y el capitan de navío Chuichi Yoshioka, subjefe del estado mayor de la 26ª Flotilla, intentaron localizar a los aviadores diseminados en las montañas, con el fin de hacerles marchar a pie hasta Tsugerao, al norte de Luzón. Una vez alí debían esperar ser evacuados, lo cual se llevaría a cabo sin la menor demora.

 

 

 

(Aprovechando el Punto y aparte, lo dejamos aquí)

 

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Desde los comienzos del mes de enero de 1945, la situación militar comenzó a evolucionar muy rápidamente y era evidente que incluso la existencia de la aviación japonesa en tanto que fuerza activa era tan solo cuestión de días o quizás de horas. El almirante Onishi, más que ninguna otra persona, era consciente de esta realidad y no podía soportar la idea de que toda la aviación de las Filipinas se viera reducida a cero. Si bien admitía que todos los aviones fueran lanzados a los ataques suicidas y que el personal de tierra se incorporase al ejército con el fin de defender la isla de Luzón, le parecía intolerable que incluso las estructuras de la aviación se vieran condenadas a no sobrevivir.

 

El almirante insistió que el estado mayor de la 2ª Flota aérea marchara de las Filipinas para instruir otras nuevas unidades. La guerra no había terminado todavía y quedaban, sin duda alguna, muchas otras batallas. Era preciso que la incomparable experiencia adquirida en las Filipinas pudiera servir a las futuras generaciones de aviadores, El 4 de enero, Onishi presionó a los delegados de la 2ª Flota para que así fuese. El almirante Fukudome dudaba en tomar la decisión, por el hecho de que había aún algunos aviones disponibles que podía ser enviados a la batalla de Lingayen; pero el día 6, en el curso de una conferencia, admitió la idea del traslado.

 

En la tarde del 6 de enero, los almirantes Onishi y Fukudome, así como otros oficiales de estado mayor, se reunieron alrededor de una larga mesa, en la bodega de una casa en Banban. Frente a platos de sepia en conserva y vasos llenos de sake, se despidieron solemnemente. Esta misma noche del 6 al 7 de enero, aterrizaron en el aerodromo de Clark procedentes de Formosa dos bimotores Betty, con el fin de evacuar al estado mayor de la 2ª Flota. El almirante Fukudome y sus colaboradores se trasladaron de Banban a Clark en coche, montando seguidamente a bordo de los aparatos. Ambos bombarderos despegaron rápidamente, aprovechando la noche para burlar al enemigo, y llegaron a Tainan poco antes del alba.

 

 

El traslado a Formosa

 

De ahora en adelante, el almirante Onishi, su estado mayor y el personal de la 1ª y 2ª Flotas permanecieron en Filipinas para participar en su defensa terrestre. El almirante no dejaba de considerar su situación con cierta tristeza, pero su entusiasmo, el espíritu Kamikaze y sobre todo la resolución y la entrega de sus hombres, hacía que se consagrase de un modo total a su nueva tarea. No obstante, Onishi sabía muy bien que el desenlace final de la mutación de los aviadores en soldados de infantería tan solo se podía saldar con la muerte. No podía pensarse en efecturar una evacuación y era de preveer que la resistencia a la invasión iba a terminar con el aniquilamiento de todas las fuerzas japonesas en Filipinas. Consciente y seguro de ello, el almirante no quería que desaparecieran en la tormenta ni sus archivos personales ni el inventario de las operaciones suicidas que constituían toda la historia de los Kamikaze y de las que se consideraba promotor.

 

La misma noche del 6 al 7 de enero convocó en Banban a su oficial de servicio, Tadashi Nakajima, y le encargó que reuniera rápidamente todos los documentos oficiales, trasladándolos a un lugar seguro; primero a Formosa y luego a Japón Consciente del inestimable valor de los archivos y de la importancia histórica que encerraban como mensaje dirigido a la humanidad, Onishi, recalcó a Nakajima que, no tan solo era responsable del traslado de estos documentos, sino que debía considerarse como testimonio viviente de la epopeya, para que el pueblo japonés pudiera ser informado sobre el verdadero espíritu Kamikaze. Abrumado por la importancia de su responsabilidad que pesaba sobre él, Nakajima se sintió vívamente emocionado y no pudo contener demasiado tiempo sus lágrimas.

 

Designado por el almirante y provisto de todos los salvoconductos necesarios, Nakajima pasó un día entero ocupado en reunir todos los documentos, de los que hizo sacar copia al alferez de navío Takeshi Shimuzu, un voluntario Kamikaze de gran valor, y el 8 de enero antes del alba se presentaron ambos en el aerodromo de Mabalacat. Shimuzu y su piloto subieron a bordo de un bombardero Suisei en tanto que el otro aviador y Nakajima, quien era el portador de los documentos originales, tomaron plaza en un segundo aparato del mismo tipo. Los dos aviones despegaron antes que el resplandor del naciente sol apareciese en el horizonte y, para mayor seguridad, tomaron caminos distintos. Horas más tarde, con un cierto retraso debido a un incidente mecánico sin gravedad, Nakajima llegó a Formosa, en donde se enteró que el avión de Shimuzu, perdido en la niebla, se había estrellado contra el monte Takao.

 

El 8 de enero de 1945, todo el personal de aviación en las Filipinas, entre los que se encontraban algunos aviadores voluntarios, calzaron las botas de combate y, equipados con armas portátiles, tomaron el camino de las montañas. Iniciaron una marcha forzada con el fin de ocupar los antes posible las posiciones asignadas Ninguno podía imaginar que empezaba para ellos una larga y penosa odisea.

 

Esa misma tarde llegó a Banban, procedente del estado mayor de la flota combinada, un inesperado y soprendente mensaje. En este telegrama oficial, el almirante Soemu Toyoda confirmaba las disposiciones tomadas en lo que se refería al nuevo empleo del personal, pero ordenaba al estado mayor de la 1ª Flota, a los pilotos y al personal radiotelegrafista de reserva, que marchasen hacia Formosa para continuar la lucha. El almirante Onishi, no podóa creerlo y no comprendía por qué el alto mando modificaba de un modo tan radical sus recientes órdenes. El almirante no sabía qué hacer, pues no quería abandonar de ningún modo a sus hombres; sin embargo, las órdenes eran precisas.

 

Si bien era posible trasladar en avión a todos los miembros del estado mayor, era por el contrario imposible, debido a la falta de aparatos apropiados, hacer lo mismo con el numeroso personal. El contralmirante Sugimoto, el vicealmirante Ichiba Kondo, jefe del depósito aeronáutico, y el capitan de navío Chuichi Yoshioka, subjefe del estado mayor de la 26ª Flotilla, intentaron localizar a los aviadores diseminados en las montañas, con el fin de hacerles marchar a pie hasta Tsugerao, al norte de Luzón. Una vez alí debían esperar ser evacuados, lo cual se llevaría a cabo sin la menor demora.

 

 

 

(Aprovechando el Punto y aparte, lo dejamos aquí)

 

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(Qué razón tienes, Rocko, en lo referente a la ambientación a la vez que el texto. Has elegido la peli exacta -Gracias a tí pude conocerla- "For those we love", impresionante film. Lástima que no se haya podido ver en nuestras pantallas...

 

Tras el consabido Punto y Aparte.)

 

 

En la noche del 9 al 10 de enero, todos los oficiales presentes en Banban se despidieron del almirante Onishi y de sus colaboradores, los cuales se personaron en el aerodromo de Clark.A las 3,45 horas del 10 de enero despegó un gran aparato que llevaba a bordo al almirante y los miembros de su estado mayor. El sol empezaba a nacer cuando el avión llegó a Formosa, cubierta por una espesa capa de niebla. Mientras el piloto buscaba un claro para empezar a perder altura, llegó hasta él, procedente de la base de Takao, un violento tiroteo de la DCA. El avión describió un rodeo, descendió y aterrizó en la pista de Takao, cuyos artilleros estaban rojos de vergüenza y confusión por el lamentable error sufrido. Minutos mas tarde, un vuelo americano asoló el aerodromo, recordando al almirante Onishi, si es que había necesidad de ello, que Formosa estaba en primera línea de combate.

 

 

Los Kamikaze de Formosa

 

La isla de Formosa (o Taiwan en japonés) era objeto desde hacía varios días de frecuentes bombardeos americanos. En condiciones semejantes, el reconstruir las unidades operacionales no era tarea facil. El almirante Onishi instaló su cuarte general en un refugio, situado en un montículo al este de Takao, dedicándose a esta ingrata tarea. En un principio, había que realizar el traslado de la tripulación de la 1ª Flota que se hallaba aguardado en Tsugegarao y en Aparri. Esta operación parecía imposible debido a la escasez de aviones y al estrecho bloqueo ejercido por las fuerzas americanas.

 

Lo que parecía irrealizable se efectuó con éxito. Se utilizaron los medios de locomoción más diversos e insólitos, desde el avión de recuperación, reparado como se pudo, al barco de vela. Todos los pilotos fueron trasladados a Formosa, pero desgraciadamente fue imposible evacuar todo el personal de radio, tal como había sido ordenado por el almirante Toyoda. Onishi reconstituyó en poco días una nueva unidad de ataque especial, reuniendo en ella a los veteranos recuperados, los voluntarios cuyo número había aumentado y a los jóvenes pilotos de los centros de intrucción de Formosa. En lo que se refiere al material de reserva, el nuevo cuerpo fue dotado de algunas decenas de aparatos, en su mayoría Cazas Zero y bombarderos en picado tipo Suisei.

 

Durante este tiempo, los hombres de la aviación habían comenzado en las Filipinas su lucha contra las fuerzas de invasión americanas. La responsabilidad y el espíritu Kamikaze reemplazaban su falta de esperiencia en el combate de tierra, en el que dieron pruebas de viva resistencia y sufrieron sus primeras pérdidas. Defendieron el terreno palmo a palmo y se comportaron con tanto heroismo y valentía como sus camaradas del ejército de tioerra. Algunas veces se encontraban faltos de munciones y de alimentos, sucumbiendo siempre a la mayor fuerza del invasor. Fue entonces cuando, replegándose, conocieron a lo largo de la retirada un penso y mortal calvario.

 

A los frecuentes ataques de la aviación de los portaaviones americanos, vino a sumarse en Formosa, hacia medidos de enero, una nueva fuente de peligros no menores. Procedentes de los grandes aerodromos americanos instalados en la China nacionalista, bombarderos gigantes tipo B-29 atacaron las bases de Formosa. No obstante, estos grandes aparatos operaron en un principio en pequeño número y sus disparos se hallaban faltos de precisión, pero volaban a gran altura, lo que les hacía invulnerables, a la par que transportaban fuertes cargamentos de bombas que provocaban algunas veces importantes destrucciones.

 

El 20 de enero, el almirante Onishi procedió a la creación y al bautismo de la 1ª unidad Kamikaze en Formosa. Todo el personal se reunió en el aerodromo de Tainan y, en medio de su silencio religioso, se escuchó el conmovedor discuros del almirante. Onishi recordó las causas de la situación militar y exaltó el sacrificio de los voluntarios de las Filipinas, exhortando a los hombres a mostrase dignos de los valerosos antecesores en pro de la mayor gloria del Emperador y de la perpetuidad del eterno Japón.

 

La unidad tomó el nombre de "1ª Cuerpo de ataque especial Kamikaze en Formosa", y se la denominó, con fines prácticos, escuadrilla Niitaka. Una tradicional comida siguió a la ceremonia. Los cocineros habían logrado hacer posible la presencia de carne de buey y algunas otras viandas frescas de orígen local. En estos tiempos de escasez, estos alimentos fueron muy apreciados y se consumieron con avidez. A pesar de su carácter de "antesala de la muerte" el bautismo se desarrolló en medio de una atmósfera cordial y de expansión. El almirante Onishi, hombre normalmente altanero y distante, se mostró sencillo y afable, hablando con todos. Al terminar el mediodía, quiso respetar la costumbre ritual y, rehusando ser reemplazado, ofreció personalmente un pequeño vaso de sake a cada uno de los pilotos voluntarios y a sus observadores.

 

El 20 de enero por la tarde, los pilotos recibieron las postreras instrucciones tácticas y los jóvenes fueron informados por los veteranos de los métodos de combate utilizados en Filipinas. Estaban ávidos de aprender y ansiosos de actuar. Su entusiasmo patriótico no quedó nunca en entredicho; el almirante Onishi podía estar orgulloso de sus jóvenes héroes. No obstante, nadia dudaba de que la primera operación del nuevo cuerpo tendría lugar al siguiente día.

 

 

La primera salida

 

En la madrugada del 21 de enero, llegó a Formosa una información, anunciando que una importante escuadra americana se dirigía hacia la isla. El almirante Onishi, soprendido en sus preparativos, creía prematura una eventual intervención del nuevo cuerpo debido a su entrenamiento todavía deficiente. No obstante, decidió actuar. Rápidamente se prepararon 3 secciones de ataque y el personal seleccionado se dispuso a partir.

 

Se situó en la pista la 1ª sección, integrada por 2 Suisei y 2 Zero especiales, acompañados de 2 Zero de protección. El 2º grupo compuesto de los mismos tipos de aviones en lo que se refiere a los aparatos de asalto, pero escoltado por 3 Zero, se preparó a un lado del terreno, en tanto que la 3ª sección formada por dos Suisei de ataque y 2 Zero de protección, ponía en marcha sus motores. Según el plan de vuelo, cada una de las seccciones volaría sola en direcciones distintas, ya sea al norte, este o sur, a fin de evitar los riegos de interceptación y, en consecuncia, pérdidas prematuras. La sección que primero divisaría al enemigo, daría la señal a las restantes para que se les agregasen.

 

 

 

(Queda aquí la cosa, pendiente el ataque.)

 

Saludos

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Buenasss

 

(Bear, tienes toda la razón, la ambientación es impresionante. Toda la película es un canto a la heroicidad. ¡Y qué jovenes eran todos los candidatos al Jibaku!

 

Situemos ya la batalla que se siguió.)

 

 

El tiempo era magnífico y la visibilidad excelente. Algunas pequeñas nubes blanquecinas flotaban a unos 1000 m de altura. En el aerodromo de Tainan (Formosa) reinaba una loca agitación; los mecánicos y los equipos de pista corrían en todas direcciones, en tanto que los motores dejaban oir sus rugidos cada vez que los pilotos los ponían en marcha para las pruebas. En pocos minutos todo estuvo preparado y 17 aparatos despegaron en medio de un gran estruendo. La calma y el silencio volvieron a reinar en Tainan, en donde todos esperaraban la llegada del enemigo. Los vigías diseminados por toda la isla, escrutaban el horizonte y los artilleros de la DCA estaban en sus puestos, impacientes por actuar.

 

En alta mar, la impresionante 3ª Flota americana del almirante Halsey proseguía su amenazador avance. Los aviones embarcados despegaron a unas 200 millas de Formosa y, reunidos, se lanzaron hacia la isla japonesa. Varios centenares de aparatos, bombarderos en picado, torpederos y cazas, se preparaban para asestar un terrible golpe. Según testimonios dignos de ser tenidos en cuenta, los americanos estaban convencidos de verse beneficiados del efecto que la sorpresa produciría en los japoneses y muy pocos de ellos esperaban una reacción por parte del enemigo.

 

Procedentes del estrecho de Bashi, los aviones americanos se aproximaron a Formosa por la parte suroeste. La alarma sonó poco antes que los vigías de Takao divisaran innumerables pequeños grupos que brillaban en la parte meridional del horizonte. Las escuadrillas americanas se repartieron los diversos objetivos y empezaron su obra destructora. En algunas parte de Formosa, el ataque enemigo tomó pronto el aspecto de un verdadero huracán. En Tainan las bombas caían como lluvia y unían su espantoso estruendo al ruido de cañones y ametralladoras de la defensa antiaérea japonesa.

 

El potente ataque americano obtuvo resultados devastadores. Además, se dirigió también contra los barcos anclados, hundiendo 10 (buques de carga y petroleros), y averiando a varios otros. En los aerodromos apuntados unos 60 aviones japoneses fueron destruidos o perjudicados a diferente escala. En tanto que se desarrollaba este violento y destructor ataque, 3 escuadrillas niponas se dirigían hacia la flota americana. Parece ser que fue uno de los observadores de un Suisei de la 3ª sección que divisó primero la flota enemiga. Rápidamente dió la señal convenida.

 

Los aviones de asalto y los de escolta combatieron con ardor contra los Hellcat americanos de la defensa, con resultados diversos siendo abatidos algunos de ellos antes de haber podido alcanzar los barcos enemigos. No obstante, 4 aviones de la 1ª y 3ª secciones aprovecharon la confusión provocada por la lucha ya consiguieron aproximarse a la flota, cayendo a continuación sobre ella. Un primer Kamikaze se lanzó sobre el gran portaaviones de combate Ticonderoga (CV 14), y se estrelló en medio de un fulgurante resplandor. Casi al mismo tiempo, otro aparato cayó contra el portaviones ligero Langley (CVL 27) provocándole grandes daños. Instantes después, un 3º avión suicida efectuó su Jibaku yendo a estallar sobre el Ticonderoga que, habiendo sido ya tocado, era pasto de las llamas. El 4º aparato no pudo alcanzar el portaaviones apuntado y fue a estrellarse contra el destructor Maddox (DD 731) que navegaba no lejos del lugar.

 

Los daños ocasionados eran considerables y si bien el Langley logró do,minar el fuego rapidamente, lo que le permitió continuar conservando su lugar en la escuadra, el Ticonderoga y el Maddox quedaron en un estado tal que se vieron obligados a marchar hacia la base de Ulithi. La 1ª salida operacional de los pilotos voluntarios de la escuadrilla Niitaka obtuvo un gran éxito. Tres horas después de su despegue, 6 de los 7 Zero de escolta aterrizaron en Tainan. Los pilotos, exaltados como estaban por la afortunada actuación de sus camaradas Kamikaze, hicieron una relación demasiada entusiástica de los hechos, exagerando la importancia de los resultados obtenidos y el número de buques enemigos puestos fuera de combate.

 

Este defecto no era tan solo patrimonio de los japoneses; todos los aviadores del mundo cometen con frecuencia y de buena fe los mismos errores de jucio, sumergidos como se hallan en la confusión del combate aéreo y acaparados por los numerosos problemas instantáneos de pilotaje, ataque, defensa y navegación . Sin contar con las acrobacias, maniobras y persecuciones que frecuentemente deben realizar y que la mayoría de las veces les llevan a millares de metros del objetivo, distancia que hace sean sus observaciones algo dudosas. Finalamente, las grandes humaredas de distinta procedencia y siempre espectaculares que se arrastran a nivel del mar, vistas desde una cierta altura, pueden hacer pensar en un golpe de efectos irremediables, cuando en la mayoría de los casos no se trata más que de daños sin consecuencias graves para el buque alcanzado.

 

 

El punto determinante de la situación

 

La narración de las operaciones aéreas que tanto señalaron la campaña de Filipinas nos ha llevado a abandonar durante un cierto tiempo los otros acontecimientos contemporáneos de la guerra del Pacífico. Aunque ello no entre dentro de los límites de esta obra, se hace necesario aludirlo, pues algunos de estos incidentes tuvieron una importancia, con frecuencia directa, sobre la historia de los Kamikaze. En todos los frentes del suroeste de Asia la lucha causaba estragos o iba a producirlos pronto. Ya sea en las Filipinas, en China, Peleliu, o Birmania, se combatía encarnizadamente y en todos los frentes las fuerzas armadas japonesas se veían obligadas a replegarse o morir en la defensa.

 

A pesar de los esfuerzos frenéticos de la propaganda nipona por silenciar los fracasos o transfigurarlos en victorias, el estado de la situación militar no escapaba, aunque solo fuera en parte, a la mayoría de los combatientes nipones, incluso a aquellos cuyas unidades no se hallaban en lucha directa contra el enemigo. Si bien para algunos esta revelación suscitó nuevo entusiasmo y una mayor exaltación, muchos militares japoneses, durante las primeras semanas de 1945, empezaron a dudar de la victoria final que tanto habían proclamado Radio Tokio y los inflamados comunicados del alto mando.

 

Ello no quiere sin embargo significar que soplase sobre Japón un aire de derrota, pero sí un malestar que, aunque ligero, resultaba inquietante. El emperador Hiro-Hito, a quien casi todos los japoneses consideraban como una entidad místico-divina al márgen del tiempo, se interesó vívamente por la evolución de su país en guerra. El marqués Kido, guardian del sello privado y fiel amigo del Emperador, informaba a éste varias veces al día sobre los acontecicmiento y desarrollo de la situación militar. Además, algunos "expertos" de tendencias moderadas eran recibidos en palacio con el solo fin de informar al Emperador de la situación. Hiro Hito estaba muy preocupado, pero debía dar muestras de gran prudencia debido a la presencia en el poder del partido miltar, partidario encarnizado de la lucha a ultranza hasta el último momento.

 

 

 

(Aprovecho un Punto y aparte significativo para poder seguir mañana con esta interesante disertación de Bernard Millot.)

 

Saludos

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(Sigue el desarrollo de las medidas a aplicar por parte nipona tras el exitoso desembarco en fuerza en las Filipinas, concretamente en Lingayen y Leyte. Ya no saben de dónde detraer efectivos para intentar lo imposible: parar el tsunami preparado por la Flota norteamericana, y sus Task Force. La Flota Combinada japonesa ya era solo un doloroso recuerdo. Solo resta la Flota metropolitana a utilizar solo como el ultimo recurso, en caso de un desembarco enemigo en la metrópoli.)

 

 

Desde mediados de 1944, el Emperador había comprendido que el desenlace de la guerra no dejaba lugar a dudas y que Japón iba a desembocar una catástrofe sin precedente en su historia. De acuerdo con el marqués Kido y los prudentes "expertos", el Emperador fue convencido, hacia finales de 1944, de que la sola solución razonable era buscar la negociación con el fin de salvar lo que se pudiera. Los delirantes argumentos del primer ministro Kuniaki Koiso y de los partidarios del gral. Hideki Tojo, todos ellos representantes a ultranza del plan militarista, no lograron persuadir a Hiro-Hito de que la guerra continuase.

 

No obstante, el Emperador carecía de medios temporales de acción y de poder ejecutivo, encontrándose por completo en manos del clan o de sus súbditos. En tales condiciones, el Emperador llevó a cabo una lucha oculta, rodeándose de un número de cada vez más importante de partidarios y buscando, en secreto el modo de entablar negociaciones de paz. Hiro-Hito se hallaba por aquella época obligado a adoptar el papel y el comportamiento de un lider politico de la oposición, actitud que, por otra parte, se confundía con las condiciones del jefe de la resistencia secreta al clan. Esta lucha oculta y de influencias, duró durante varias semanas e incluso meses, antes que el movimiento tomase una cierta importancia. Este plazo permitió que la guerra no solo continuara, sino que tomase un giro fantástico y horrible.

 

A los desastrosos acontecimientos militares se unieron pronto los efectos de la guerra llevada hasta el mismo corazón de la metrópoli. Recordemos que que 15 de junio de 1944, bombarderos estratégicos tipo B-29 procedentes de China habían atacado las fábricas de Yawaata en la isla de Kyusiu. Era solo el preludio: el 24 de noviembre despegó de Saipan en un primer vuelo hacia Tokio. Bajo las órdenes del comandante gral. Curtis Le May, el 21 Bomber Command lanzó una gran ofensiva aérea estratégica. Estos vuelos, que en un principio eran poco eficaces por un reducido número de aviones, se convirtieron en más numerosos y frecuentes y sobre todo mucho más devastadores.

 

El nuevo rostro tuvo consecuencias psicológicas y politicas al menosal menos tan importantes como las que sucediero a la derrota de las Marianas en junio de 1944. En primer lugar, el desafío y el golpe moral que representaban estas insolentes incursiones enemigas sobre territorio nacional, convencieron al Emperador y a sus entusiásticos simpatizantes, de la necesidad imperiosa de poner fin a la guerra lo antes posble. La postura de Hiro-Hito no se veía beneficiada, pero estas incursiones aéreas le facilitaron nuevos y excelentes argumentos. Por el contrario, el clan militarista vió en estos vuelos un motivo más para llevar la guerra a un extremo todavía más fanático. Conociendo la mentalidad y las condiciones de combate de los militares japoneses, tales resoluciones extremistas al borde del más insesanto delirio nos llevan a la confusión y al escepticismo.

 

Finalmente, se dieron en los combatientes japoneses las consecuencias quizá más sensibles. Las incursiones americanas, que tenían graves efectos sobre la población civil, por las destrucciones y pérdidas de vidas humanas que, algunas veces, afectaban a familias enteras de los mismos combatientes, estuviesen o no en el frente, provocaron en éstos reacciones algunas veces contradictorias. Algunos de ellos fueron invadidos por una mezcla de cólera, rabia y deseo violento de venganza que les empujó a luchar todavía con más enseñamiento o a hacerse inscribir en las unidades de ataque suicida, con el fin de lavar la afrenta y de aportar al ejército japonés mayor esplendor.

 

Otros, por el contrario, se sintieron aterrados frente al nuevo sesgo que tomaba la lucha y comprendieron que ya no era posible intentar nada para cambiar la dramática situación en el que país se hallaba sumido. Para éstos, las frases publicitarias demasiado repetidas de "victoria final" o "inquebrantable fe en el destino del Japón", no eran más que palabras vacías desprovistas de significado, sobre las que ni siquiera tenían deseos de ironizar. En cualquier otro país, este profundo malestar hubiera engendrado un movimiento pacifista o incluso la revolución, pero nos encontramos en Japón, país de la obediencia ciega y la denuncia con fines patrioticos. No obstante, estos hombres desmoralizados continuaron batiéndose con una entrega, valentía y heroismo excepcionales, solo para mantenerse fieles a su marcial tradición.

 

 

La ofensiva estratégica americana

 

Los bombardeos estratégicos americanos demostraron una vez más a los japoneses, civiles y militares, la aplastante superioridad del adversario. Al horror de las matanzas, de la desolación y destrucciones, vino muy pronto a unirse el sentimiento de impotencia y de injusticia . La población huía de los grandes núcleos urbanos, abandonando las fábricas y los talleres, prefiriendo vivir miserablemente en el campo que sufrir o morir bajo las bombas americanas. El éxodo de la mano de obra tuvo consecuencia sobre las producciones de material de guerra y, en su prolongación, sobre los aviadores encargados de la defensa de la metrópoli.

 

El bombarderos B-29 tenía una solida estructura y además estaba muy bien defendido por numerosos y eficaces sistemas de tiro. Así pues, la tarea de los cazas de interceptación no era facil, si además no contaban con la velocidad y gran altura de vuelo de estos aparatos. Consecuentemente los aviadores japoneses no tardaron en acariciar la idea de efectuar ataques tipo Kamikaze contra estos gigantes del aire que venían a sembrar la destruccion y la muerte en su país. El 21 de noviembre de 1944, el Tte de navío Mikihiko Sakamotó lanzó deliberadamente su aparato sobre un B-29 que formaba parte de un grupo de aviones de este tipo, procedentes de China. con objeto de atacar la gran ciudad de Sasebo. Los dos aviones chocaron en medio de un fuego aterrador, cayendo convertidos en una multitud de fragmentos incandescentes.

 

La aviación del ejército de tierra participó también en la defensa de la metrópoli y gran número de cazas se dedicaban día y noche a esta tarea. Los pilotos habían intentado un nuevo método de ataque que consistía en lanzar el avión en dirección al B-29, bloqueando los mandos y saltando en paracaídas en el momento del impacto. La evacuación del piloto debía re lizarse cerca del enemigo para tener la seguridad de que el avión atacante o atacado no cambiaban su trayectoria en el último momento.

Así pues, el piloto japonés debía de saltar del avión una fracción de segundo antes, lo que hacía el procedimiento extremadamente dificil y delicado . Si no se respetaba esta rigurosa precisión podía acontecer que el avión, al saltar su ocupante demasiado tarde, pereciese en la explosión. El 3 de diciembre de 1944, dos B-29 fueron destrozados en el cielo de Tokio, siguiendo estos métodos. Esta vez los pilotos japoneses llegaron al suelo sanos y salvos.

 

Esta nueva táctica no fue nunca generalizada ni preconizada por los mandos nipones. Los ataques por percusión o abordaje fueron siempre realizados a título de iniciativa particular. ¿Se consideraba quizá que no valía la pena sacrificar un avión japonés y su piloto por un avión enemigo? Vamos a intentar una explicación. El alto mando japonés sabía que tarde o temprano los americanos acabarían desembarcando y que entonces tendría lugar una gigantesca batalla. Era, pues, razonable intentar conservar el máximo de aviones disponibles para hacerlos intervenir en el postrero encuentro, considerando, además, que la industria aeronáutica japonesa sería incapaz de suministrar, de ahora en adelante, aparatos que pudieran compensar las pérdidas sufridas.

 

 

 

(Vemos, pues, que estamos llegando a las últimas estadías de la guerra mundial en PTO. Ya nadie dudaba que se había hecho necesario el desembarco en las islas imperiales. El encarnizamiento experimentado en los últimos asaltos hacía presagiar una auténtica hecatombe. ¿Había alguna otra salida para este futuro Armagedon?)

 

Saludos

 

.

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La opción estratégica

 

A principios de febrero de 1945, el alto mando imperial estaba seguro de que las fuerzas americanas iban a ascender un nuevo peldaño en el curso de su escalada hacia Japón. Todo el sur del Pacífico estaba bajo el control del enemigo y las islas Marianas y las de Palaos habían sido transformadas en bases americanas y depósitos de material. Además, la conquista de las Filipinas, aunque no realizada en su totalidad, permitía controlar estrechamente el tráfico marítimo nipón, sin contar con que las Task Force, con su extraordinaria movilidad, continuaban asestando golpes, no importa dónde ni cuándo. Según los japoneses, el enemigo tenía todas las condiciones para lanzar un nuevo ataque que, sin duda, sería importante. Solo faltaba conocer el objetivo. Quizá era la gran isla de Kyusiu. Pero esta isla estaba demasiada alejada y sobre todo muy bien protegida por las posiciones laterales de Okinawa e Iwo Jima. Así pues, el enemigo atacaría alguna otra de las posiciones niponas.

 

Aunque los japoneses se sentían desarmados frente al inexorable programa al que sus razonamientos les habían llevado, y que por otra parte era real, intentaron realizar una nueva acción estratégica que, en caso de tener exito, podría ser de importantes consecuencias en el desarrollo de la guerra. No ignoraban tampoco que la gigantesca flota americana se hallaba anclada en Ulithi, atolón occidental del archipiélago de las Carolinas, desde donde salía en cumplimiento de sus misiones, incluso las más alejadas, y a donde volvía para efectuar las reparaciones, abastecerse de nuevos materiales y dar el reposo necesario a la tripulación. En el espiritu de muchos de los oficiales japoneses había germinado la idea de atacar a la escuadra americana en el mismísimo Ulithi; la tentación de intentar nuevamente un nuevo Pearl Harbor, era tan fuerte, que gran cantidad de ellos se apasionaron con el proyecto.

 

Desde hacía algunos meses, se había enfocado el problema en todos sus ángulos, chocando siempre con la misma dificultad: la distancia. No era posible enviar, por ejemplo, una escuadrilla de aviones que bombardearan el atolón, pues ningún aparato japonés tenía un radio de acción suficiente para asegurarse la ida y vuelta del lugar. Incluso si se consideraba de lanzar una misión de pilotos suicidas, es decir sin regreso, la distancia continuaba siendo todavía demasiado grande. El problema era dificil de resolver, pero, por otra parte, tan prometedor, que la idea continuó siendo tenzamente alentada.

 

El 11 de febrero, el alto mando ordenó la formación de una nueva flota aérea con base en Kyusiu, la cual tenía como objetivo impedir todo vuelo enemigo en el sector Okinawa-Iwo Jima, probables objetivos de su próxima ofensiva. Esta 5ª Flota bajo las órdenes del almirante Kimpei Teraoka, predecesor de Onishi en las Filipinas, intentó al mismo tiempo realizar el proyectado ataque a Ulithi. El viaje iba a ser posible si se encontraba un tipo de avión adecuado. Consecuentemente, el almirante Teraoka decidió constituir en el seno de la 5ª Flota un nuevo cuerpo Kamikaze.

 

Al capitán de navío Riichi Sugiyama, jefe de la 601 Escuadra, se le encargó la organización de este nuevo equipo especial. El 18 de febrero, Sugiyama presentó la formación aérea al almirante, quien al día siguiente la bautizó con el nombre de 12ª Escuadrilla Mitate del Cuerpo de ataque especial" Esta organizcaión comprendía 5 secciones que agrupaban 32 aviones bajo la dirección del Tte de navío Iroshi Murakawa. Al igual que las demás formaciones Kamikaze, estaba integrada por aviones de asalto de distintos tipos y aparatos de escolta tipo caza.

 

Sin embargo, el 16 de febrero debido abandonarse provisionalmente el proyectado ataque a Ulithi, puesto que durante este día, hubo gran actividad enemiga sobre Iwo Jima, lo cual dejaba entrever una inminente operación de gran envergadura. Efectivamente, el 19 de febrero, por la mañana desembacaron en Iwo Jima tropas anfibias americanas. Desde aquel momento, se hizo necesario solucionar lo más urgente, siendo así que la escuadrilla Mitate hizo sus primeras armas contra los innumerables barcos americanos que navegaban alrededor de Iwo Jima.

 

En la mañana del 21 de febrero, despegaron de la base de Kaatori las 5 secciones de la escuadrilla Mitate que aterrizaron en Hachikishima para que los aviones hicieran reserva de carburante. Los 32 aviones volaron luego hacia el este con ruta a Iwo Jima. Debido a la gran distancia, el viaje fue largo y el objetivo no pudo ser alcanzado hasta el anochecer. Vista a lo lejos, la isla estaba cubierta por una espesa capa de humo y polvo levantados por las bombas y los obuses lanzados por doquier, así como por los violentos combates que se desarrollaban en el lugar. Las nubes de baja altura limitaban la visibilidad, en tanto que las primeras sombras del crepúsculo se perfilaban en el horizonte.

 

 

Unas pruebas que resultaron geniales

 

Aunque los americanos esperaban una contraofensiva de este género, no por ello dejaron de sorprenderse. ¿Era quizá por las desfavorable condiciones atmosféricas o por lo avanzado de la hora? En realidad no se esperaba ya ningún vuelo enemigo durante aquel día. Antes que la DCA pudiera reaccionar eficazmente, los aviones japoneses salieron de entre las nubes y se lanzaron al asalto. Eran casi las 17.00 horas cuando el gran portaaviones Saratoga (CV 3) fue sacudido por el impacto de un primer avión suicida. Todavía no habían tenido tiempo de intervenir los equipos de seguridad del buque cuando un 2º Kamikaze golpeó la línea de flotación, sacudiéndolo de nuevo y abriendo una enorme brecha.

 

El cielo iba obscureciéndose cada vez más, en tanto que los aviones nipones buscaban su objetivo. Dos aparatos cayeron entonces sobre el portaaviones de escolta Bismarck Sea (CVE 95) golpeándolo con algunos segundos de intervalo. El rresplandor de las 2 explosiones fue tan intenso que cegó durante varios segundos la tripulación de los buques inmediatos. A borde del Bismarck los daños eran considerables y el incendio se extendió rápidamente.

 

Durante este tiempo, otros aviones japoneses se preparaban para el ataque, escogiendo con preferencia los portaaviones como objetivo. Uno de ellos, saliendo de entre la nubes, cayó como un bólido contra el portaaviones de escolta Lunga Point (CVE 94) al que rozó, resbalando sobre la quilla y explotando a la altura de la linea de flotación. El impacto hizo derrumbar las planchas de la carena y llenó todo el buque con sus estallidos. Otro aparato se lanzó sobre el Saratoga, poco antes gravemente golpeado, y, atravesando la barrera de la DCA sin sufrir daños aparentes, fue a estrellarse en medio del puente de vuelo.

 

Otros 2 buques fueron tocados, pero sin sufrir graves daños. Los cazas escoltas japoneses, una vez cumplida su misión de protección, cayeron a su vez sobre los buques americanos, pero parece ser que ni les infligieron daños decisivos, ni tan siquiera dignos de ser tenidos en cuenta. No obstante, los perjuicios ocasionados por la aviación japonesa eran de gravedad. El portaaviones de escolta Lunga Point pudo soportar los golpes recibidos y continuar conservando su puesto en la escuadra, pero no ocurrió lo mismo con el Saratoga y el Bismarck Sea. El primero había sido víctima de 3 impactos , 2 sobre el punte de vuelo y uno en la línea de flotación. Un inmenso incendio había invadido todo el buque y nadie creía que pudiese ser salvado.

 

La lucha contra los múltiples focos del incendio se realizó con gran energía, logrando finalmente dominar las llamas. Horas más tarde, ya finalizado el ataque, el fuego fue totalmente acabado y se procedió a las reparaciones de urgencia. Devastado e inutilizado, el Saratoga tuvo que lamentar la pérdida de más de 300 de sus hombres. Con lentitud tomó el camino de Pearl Harbor, en donde permaneció inmovilizado más de 3 meses.

 

 

 

(Vemos que todavía eran importantes las pérdidas en las Task Force. Los numerosos portaaviones eran, sin duda, los piezas a batir.)

 

Saludos

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(Todavía no hemos acabado con las consecuencias del ataque suicida del 21 de febrero.)

 

Pero volvamos de nuevo al "Bismarck Sea", minutos después de que encajase casi simultaneamente a los dos Kamikaze. A pesar de la violencia de las explosiones, el buque parecía menos dañado que el Saratoga. No obstante, el incendio que rápidamente se declaró alcanzó los compartimentos donde estaban almacenadas la municiones, que estallaron una tras otra sacudiendo el armazón ligero del barco. El fuego fue avanzando y al llegar a la parte trasera, una gran detonación hizo saltar la popa. Dos horas después del ataque, el Bismarck Sea devorado por las llamas y sacudido por las múltiples explosiones internas, empezó a perder estabilidad, zozobró y se fue a pique, arrastrando consigo alrededor de 350 hombres de su tripulación.

 

Teniendo en cuenta la reciente creación de la escuadrilla Mitate y su falta de experiencia, podía considerarse su ataque como un éxito total que glorificaba a la nueva 5ª Flota aérea japonesa.

 

 

El ardiente asunto de Iwo Jima

 

Este ataque suicida de positivos resultados nos ha llevado hasta Iwo Jima y sería quizá intereseante examinar las nuevas manifestaciones japonesas en materia de guerra. De hecho no había ninguna novedad; la nueva conquista americana hizo correr gran cantidad de sangre ya que los japoneses, movidos por el espíritu que ya conocemos, aplicaron en esta lucha las nuevas disposiciones tácticas.

 

La isla de Iwo Jima, de 8 kms de largo y 3 de ancho, es de orígen volcánico. En el extremo suroeste se encuentra la única altura de la isla, el volcán Suribachi. Toda la superficie de Iwo Jima es una mezcla de lavas, escorias y cenizas que desprenden un fuee olor sulfuroso. Casi no hay árboles ni agua potable y la vida en aquel lugar es dificil, casi inhumana. Los japoneses habían utilizado su experiencia en fortificaciones para transformar Iwo Jima en una verdadera fortaleza. Millares de grutas, cavidades preparadas para la ocasión, cuarteles, pequeños fortines y puestos de tiro conectados por innumerables túneles habían convetido la isla en un gigantesco laberinto.

 

En este lugar siniestro, lúgubre e inhóspito, 21000 japoneses atrincherados, enterrados e invisibles, iban a exigir la sangre y las penas de 24000 marines norteamericanos. El comandante en jefe de la isla, el Tte gral. Tadamichi Kuribayashi, hombre severo e inexorable, había sido el constructor de estas extraordinarias fortificaciones y el animador fanático de la lucha. Pocos días antes de la invasión americana, había arengado a sus tropas con las siguientes palabras:

 

"Estamos aquí para defender la isla hasta el límite de nuestras fuerzas y debemos consagrarnos enteramente a ello. Cada golpe que asestemos debe ocasionar la muerte de muchos americanos. El enemigo no debe capturarnos. Si nuestras posiciones se dan por vencidas nos proveeremos de bombas y granadas y las lanzaremos sobre los carros para destruirlos. Exterminaremos al enemigo infiltrándonos en sus líneas. Ningún hombre debe morir sin haber ante dado muerte a 10 americanos como mínimo. Hostigaremos a los americanos con nuestra acción guerrillera hasta que el último de nosotros perezca. ¡Viva el Emperador!

 

Estas órdenes fueron aplicadas al pie de la letra, en el curso de una lucha que duró 26 días y que fue una de las más terribles de toda la guerra por el ensañamiento y fanatismo de los soldados japoneses. Estos comprendieron que no tenían más alternativa que morir en el combate. No era posible pensar en una evacuación, y la perspectiva de ser capturados era tan odiosa e infame que ni tan siquiera pasaba por sus mentes.

 

La batalla de Iwo Jima fue una repetición de las otras campañas anteriores como Tarawa, las Marianas o Peleliu, pero adquirió caracteres de mayor relieve, todavía más sanguinarios y despiadados. Este sistema de lucha con su ensañamiento decidido y premeditado, se hallaba basado en los mismos principios que animaban a los aviadores de los ataques especiales y es por esta causa que los soldado japoneses de Iwo Jima , al igual que aquellos, fueron verdaderos Kamikaze.

 

 

La operación Tan

 

Ningún otro vuelo siguió al vuelo suicida llevado a cabo el 21 de febrero contra la flota americana en aguas cercanas a Iwo Jima. Los mandos japones consideraban, que a pesar del éxito obtenido en la primera operación, la distancia a recorrer era demasiado grande y excesivo el consumo de carburante. No obstante, esta idea se hallaba en contradicción con la de atacar Ulithi, que el 7 de marzo vovlvió a ser considerada como efectiva. El nuevo proyecto se debía sin duda a razones de prestigio y la distancia, todavía mayor que la de Iwo Jima, no pareció ser un obstáculo grave. También es cierto que del ataque a Ulithi podían esperarse consecuencia estratégicas mucho mucho más importantes que de otro dirigido contra cualquier fuerza naval americana.

 

Los mandos nipones supieron, el 7 de marzo que la flota americana, después de haber efectuado la operación de ayuda a la invasión de Iwo Jima, volvió de nuevo a la base de Ulithi. En esta misma fecha, un avión japones perteneciente a la base de Truk (Islas Carolinas) había realizado un vuelo recco. y tomado fotos del atolón. Una nueva observación realizada el 9 del mismo mes confirmó la noticia, Era la ocasión tan esperada por la 5ª Flota aérea, tanto más si se considera queeun nuevo modelo de avión , capaz de un gran radio de acción, había llegado unos días antes a Kyusiu. En 24 horas todo fue organizado. El grupo de ataque especial fue bautizado con el nombre de Azusa y su lanzamiento, fijado para el 10 de marzo, tomó el nombre de Tan-go (Operación Tan). Precedidos por 9 aparatos de recco. que deberían servirles de guías en la ruta y de 24 bimotores Nakajima Ginga, cargado cada uno de ellos con una bomba de 800 kgs, despegó el 10 de marzo por la mañana.

 

Se dió entonces una serie de contratiempos. En un principio, el mensaje procedente de Truk había sido mal interpretado y en Kyusiu se creyó que no había ni un solo portaaviones enemigo en todo el atolón. Se consideró el objetivo como de poca importancia y se dió órden a todos los aviones de volver a la base. Cuando los aparatos se habían reintegrado a Kyusiu, se recibió de Truk otro mensaje, mucho más completo y, sobre todo, más claro, en el que se hacía saber que la flota americana se encontraba en Ulithi, con 8 grandes portaviones, y siete de escolta.

 

 

 

(Mañana seguiremos con esta obra maestra de los Kamikazes. Solo portaban carburante para la id, no se contemplaba en absoluto la vuelta. La enorme distancia lo impedía.)

 

Saludos

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(Leamos, pues, el desarrollo de la Operación Tan. Nunca se había ni intentado nada parecido.

 

Tras el Punto y Aparte anterior)

 

La operación fue aplazada hasta el día siguiente y 11 de marzo todos los aviones del grupo Azusa se dirigieron al lugar. Varios de ellos sufrieron incidentes mecánicos y se vieron obligados a tomar tierra en Kanoya, Okinawa y Mayakojima. Debidoal buen tiempo la primera mitad del viaje se realizó sin que ocurriese ningún otro percance, pero al llegar a la altura de la pequeña isla de Okinotori Shima, la temperatura cambió y los aviones se vieron obligados a soportar enormes cantidades de lluvia. Las maniobras alargaron la duración del vuelo, el cual coincidía, por otra parte, con la acción máxima del radio de los Ginga. Las condiciones atmosféricas eran tan desfavorables, que los pilotos, incapaces de seguir la ruta, terminaron perdiéndose. Además, cada la vez se mostraban más angustiados por la reservas de carburante y temían se les acabase antes de haber podido alcanzar el objetivo previsto. A las 18.30 horas los aviones guías, cuya función era ya inutil, se separaron de los Ginga y volvieron a Kyusiu tal como estaba previsto.

 

Perdidos entre las masas de nubes, los Ginga volaban sin rumbo fijo, al tiempo que consumían sus últimas reservas de gasolina. Finalmente, el piloto de uno de los aparatos especiales, tuvo la suerte de divisar por un claro, una isla de forma característica que reconoció como Yap. Este hecho permitía rectificar la ruta y emprender la dirección de Ulithi. Algunos Ginga estaban consumiendo ya los últimos slitros de carburante y sus pilotos decidieron aterrizar en Mnami Daitojima y en Yap. Dos de ellos sin tan siquiera pudieron llegar a los campos de socorro, terminando por caer al mar.

 

Despues de la salida de Kyusiu, el número de aviones había disminuido y, fuera por razones mecánicas o por falta de carburante, 13 aparatos se habían visto obligados a abandonar. Los 11 restantes, cuyos pilotos habían reducido la velocidad con el fin de gastar un mínimo de gasolina, después de 12 horas de vuelo (vuelo excepcionalmente largo para un avión bimotor terrestre) de vuelo, descubrieron entre la oscuridad naciente del crepúsculo unas luces que se alzaban frente a ellos: era Ulithi.

 

Los americanos habían convertido el atolón de Ulithi en una gigantesca base de reparaciones, de suministros y de reposo, en donde se hallaban almacenadas millares de toneladas de provisiones y materiales de todas clases. Ulithi se hallaba muy lejos de los teatros de operaciones y una atmósfera de tranquilidad se extendía por toda la base. Los americanos, considerándose seguros y al abrigo de cualquier ataque lógico del enemigo, no tomaban las habituales medidas de seguridad ni de "black out" y todo estaba iluminado como si fuera tiempo de paz. Los talleres de la marina y los equipos de mantenimiento trabajaban durante la noche con la ayuda de poderosos reflectores, los buques anclados en el atolón estaban iluminados y muchos de ellos tenían en pleno funcionamaiento una sección de cine al aire libre que unía a la pacífica tranquilidad del lugar sus imágenes animadas y luminosa. Nadie podía imaginar que los aviones enemigos pudieran venir a turbar este oasis de paz tan alejado de la guerra. Sin embargo...

 

 

Un vivo fracaso

 

Los pilotos japoneses solo tenían un objetivo: continuar manteniendo su vuelo; pero la mayoría de los aviones empezaban a dar inquietantes y reveladoras señales. Algunos motores runruneaban; fallaban su alimentación, puesto que las bombas de carburante empezaban a encontrar el vacío. Para economizar los últimos litros de gasolina, los Ginga volaban al límte extremo de sustentación. Varios de ellos, víctimas de la falta de combustible, se habían visto obligados a posarse en el agua para terminar siendo engullidos en ella. Sin embargo, Ulithi se divisaba ya muy cerca y el resplandor de sus luces empezaba a deslumbrar a los aviadores japoneses.

 

El 11 de marzo, a las 19.00 horas (las 10.00 para los americanos), el primero de los Ginga se lanzó en dirección a un portaaviones anclado en el gran atolón. La llegada de los japoneses pasó desapercibida y nadie se dió cuenta del gran silbido emitido por el aparato Kamikaze al caer en picado. Fue una completa sorpresa.

 

A bordo del gran portaaviones Randolph (CV 15) la mayoría de la tripulación se hallaba reunida en el hangar bajo el puente de vuelo, asistiendo a la proyección de una película policiaca. Se respiraba la quietud y la tranquilidad. Los espectadores estaban absortos en la intriga de las imágenes cuando, de repente tembló todo el enorme casco de acero del portaaviones, produciéndose un espantoso estrépito. Todos los hombres se levantaron de golpe, en tanto que en la pantalla los actores continuaban representando sus papeles, que se habían convertido en irrisorios.

 

El ruido de la explosión dió la voz de alerta y se apagaron de golpe todas las luces de Ulithi, el atolón y la albufera quedaron sumidos en la más completa oscuridad. Los marinos americanos habían ocupado rapidamente sus puestos de combate, haciendo suposiciones sobre las posibles causas de la incomprensible explosión. Tan extraña les parecía la presencia de un aparato japonés, que casi todos pensaron que se trataba de un avión americano que sin duda perdido o en situacion apurada, había ido a estrellarse contra el Randolph.

 

Los otros Kamikaze japoneses buscaron un objetivo en el atolón, ahora negro como la tinta, y no pudieron hallar ninguno, A medida que terminaban sus reservas de carburante caían al agua uno tras otro, a una cierta distancia de la base, por lo que no despertaron la atención de los americanos.

 

El desenlace de este extraordinario vuelo es casi increíble y da lugar a una serie de preguntas. ¿Cómo es posible que los americanos no oyeran los otros aviones japoneses que rondaron durante algunos minutos sobre el lugar? ¿Cómo es que estos mismos aviones no pudieron aprovechar la claridad provocada por el incendio del Randolph para distinguir los buques cercanos?

 

Frecuentemente, en las guerras, existen circustancias imponderables que mezclan lo lógico con lo que no lo es. Parece ser que los aviadores nipones fueron aturdidos y ofuscados por la oscuridad súbita de Ulithi y que, en su esfuerzo, no pudieron llegar hasta la base y volar el tiempo suficiente para escoger un objetivo; todo ello agravado por la falta de gasolina que en aquellos momentos sufrían. El hecho de que al avión japonés que cayó sobre el Pandolph no provocase un incendio, confirma la tesis de que los aparatos Kamikaze se hallaban sin carburante. La explosión del avión y de la bomba que éste transportaba incendió algunas materias inflamables del portaaviones, pero había poca gasolina para ocasionar un gran incendio. El fuego, por otra parte, fue dominado muy pronto.

 

Además, los americanos no se dieron cuenta del rurruneo de los motores japoneses, porque su ruido fue apagado por el alboroto producido por los numerosos martillos neumáticos. Estos eran utilizados por equipos de obreros en la reparación de buques y su eco resonaba por toda la base.

 

Al amanecer, cuando los marineros inspeccionaban los daños sufridos por el Randolph pudieron comprender las causas de la explosión. Con gran estupefacción descubrieron los restos del avión japonés. El portaaviones había sido dañado, pero pudo ser reparado en pocos días.

 

La operación Tan había sido un completo fracaso. Los mandos japoneses, tuvieron muy pronto noticias del suceso, pues al siguiente día después del pretendido ataque, un avión Nakajima C6N Saiun (Myrt era su sobrenombre americano), de recco., procedente de la base de Truk, tomó fotos de Ulithi. Comprobando el clisé obtenido con los anteriores, pudo observarse que no faltaba ningún buque americano en el atolón. Después de este fracaso, ninguna nueva operación volvió a intentarse.

 

 

 

(Me resisto a calificar a la Operación Tan de fracaso. Se realizó, por parte japonesa, todo lo que se pudo y más. No hay más que echar una somera mirada al mapa detallado de esta parte de Pacífico, y se podrá comprobar la enormidad de la distancia que separan Kanoya en la isla japonesa de Kyusiu y el atolón de Ulithi. Algo inconcebible incluso en aquellos tiempos: 2500 Kms en línea recta, sin dejar en el olvido los múltiples desvíos obligados por la presencia de las zonas borrascosas en su ruta.)

 

Saludos

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Parece que los daños acusados por la flota americana fueron mayores de lo que se publicitó, aunque fue un esfuerzo tan increíble como inútil. Si después de Pearl Harbour no consiguieron concesiones de tipo político, la guerra estaba perdida de antemano, ya que la giganesca máquina militar americana se puso en marcha. Yamamoto lo sabía.

 

Los pilotos japoneses, en especial los aeronavales demostraron una capacidad de orientación casi legendaria. Aunque si me permites, en tiempos de la GCE, los italianos llegaron a bombardear Gibraltar desde Italia con SM-82, y , por cuestiones obvias, lo hicieron de noche. Si algo tenían bueno los Savoia-Marchetti era su autonomía. O el bombardeo en solitario de un SM-79 de serie sobre Barcelona del 1/1/1938 desde Guidonia con el propio Giuseppe Valle en el avión para probar la capacidad nocturna del avión.

 

Edito: Me he cruzado en las explicaciones. Los ataques sobre Gibraltar, evidentemente, fueron durante la II GM, no durante la GCE.

Edited by Bear
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Buenasss

 

(Así es, Bear. Recordar la premonitoria frase de Yamamoto: "Creo que hemos despertado al león dormido".)

 

 

Bajo la presión de los acontecimientos

 

Desde finales de febrero, el alto mando japonés había comprendido que la desesperada lucha de Iwo Jima no podría contener durante mucho tiempo al invasor y que, en consecuencia, las fases ulteriores de su escalada hacia la metropoli se iniciarían dentro de poco. El cerco se hacía cada vez más estrecho y nadie ignoraba ya la situación de Japón. La información había llegado no solamente a las "altas esferas", sino también al propio pueblo, a pesar de la falsa propaganda de que era objeto. Numerosos indicios, tales como el constante aumento del número y frecuencia de los bombardeos aéreos y la presencia de flotas enemigas que se adentraban cada día más en aguas territoriales, llenaban de inquietud al pueblo nipón.

 

Los ciudadanos japoneses, incluso los peor informados, se daban cuenta de la incapacidad de sus fuerzas armadas para contener la devastadora fuerza. La marina japonesa, que había sido el orgullo de todo el país, no era más que un lejano recuerdo; los pocos buques que le quedaban se hallaban averiados o imposibilitados por falta de carburante. El ejército de tierra, aunque numeroso y decidido, no podía a pesar de su valor, luchar él solo contra el acuciante avance americano. Quedaba todavía la aviación que, agotada por las colosales pérdidas y dependiente de una industria sin recurso, intentaba luchar contra lo irremediable.

 

El alto mando no se hacía ninguna ilusión sobre el rendimiento estratégico del ejército de tierra y había ya abandonado la idea de que éste pudiera rechazar al ocupante. Desde Tarawa, en noviembre de 1943, eran conscientes de que nada podría detener las fuerzas anfibias americanas y a pesar de sus alegatos delirantes que no tenían más fin que el propagandístico, los mandos nipones intentaba utilizar la lealtad y fanatismo de las tropas para, no pudiendo contener al enemigo, al menos aminorar su avance. Consecuentemente, el ejército jugaba un papel de freno. En varias ocasiones, el estado mayor del ejército había presionado a la marina para que ésta utilizase los últimos buques que le quedaban en misiones suicidas en colaboración estrecha con el ejército de tierra. Los jefes de la marina no acogían con agrado la idea de ver aniquilados los postreros elementos de la flota imperial en el ejercicio de acciones que, de antemano, estaban condenadas al fracaso. Así pues, declinaron de un modo, con frecuencia irónico, las proposiciones de los jefes del ejército de tierra.

 

Según el estado mayor gral de la marina, los últimos buques japoneses capaces de navegar debían de ser celosamente guardados hasta el momento final, es decir hasta el desembarco americano en pleno suelo nipón. Utilizarlos antes, era para ellos equivalente a perderlos sin haber podido sacar un provecho táctico o estratégico notable. Además, los jefes de la marina consideraban haber hecho un enorme esfuerzo en pro de la defensa al hacer intervenir en la guerra la casi totalidad de su aviación naval.

 

Efectivamente, la aviación de la marina había permanecido en la brecha durante largos meses y, tal como sabemos, había sido la instigadora y el instrumento de los ataques suicidas. Además, el 11 de febrero había procedido a la creación de la 5ª Flota aérea con plena consciencia de sus responsabilidades.

 

No obstante, la situación cada vez más apurada de la zona de defensa y la importancia de la lucha que se revelaba como inminente condujeron a la marina a reorganizar sus flotas aéreas con el fin de aumentar el número y la eficacia del ejército. Así, pues, el 1º de marzo de 1945, fue creada la 10ª Flota aérea, que de hecho no era más que la incorporación potencial de todas las unidades de la 11, 12 y 13 Escuadras que debían servir de reserva a la 5ª Flota de reciente creación. Los elementos constitutivos de esta 10ª Flota, permanecían en reserva en la base de las escuelas, pero estaban sujetos a sucesivos reclutamientos según las necesidades del momento.

 

A principios de marzo, el reparto de las fuerzas aérea de la marina era el siguiente: la 1ª Flota rehabilitada y reforzada, constaba de 300 aviones en Formosa; la 3ª Flota la formaban 800 aparatos y se encontraba repartida en los numerosos aerodromos de la parte oriental de Japón; la 5ª cuidaba con sus 600 aviones de la mitad occidental del país y, finalmente, la 10ª Flota había dispersado sus 400 aviones por todo el territorio metropolitano. El inventario general señalaba 2100 aviones, pero el número era poco importante si se comparaba con los excelentes aparatos de que disponía el enemigo. Además, esta aviación naval nipona veía acentuada su debil constitución por la heterogeneidad de tipos de aparatos que la componían y por la falta muy frecuente de piezas de recambio, municiones y carburante. Por otra parte, la mayoría de los aviadores había seguido un entrenamiento acelerado y además muy sumario, por lo que se hallaban faltos de una experiencia que les permitiera ser verdaderamente eficaces.

 

En virtud de todas estas consideraciones, el estado mayor de la marina cambió sus concepciones en materia táctica. Por este tiempo, solo la 1ª Flota aérea de Formosa, al mando del almirante Onishi, se hallaba totalmente dedicada a las misiones suicidas. La 5ª Flota había formado también una escuadrilla de ataque especial, pero el resto de sus fuerzas continuaban con los sistemas convencionales de lucha. En cuanto a las restantes flotas, no poseían ninguna organización de este tipo. Era evidente que, teniendo en cuenta el pobre número de aviones disponibles y la mediocridad de los pilotos sin contar con el enorme riesgo estratégico, los métodos clásicos de ataque no tenían demasiadas posibildades de dar resultados positivos y sobre todo decisivos.

 

El alto mando se hallaba muy influenciado por los alentadores éxitos obtenidos por la 1ª y 2ª Flotas aéreas en Filipinas y les parecía necesario y casi ineluctable que se generalizasen los métodos de ataque por el sistema Jibaku. Fue entonces cuando por 1ª vez los estados mayores de la 5ª y 10ª Flotas aéreas fueron invitados a transformar sus unidades en cuerpos de ataque especial. Hay que insistir en que fueron tan solo "invitados" y que en ningun caso recibieron órdenes concretas en este sentido. Esto puede interpretarse como una cuestión de matiz, pero creemos que tuvo una gran importancia en el plano psicológico. Los jefes de las unidades pasaron la "invitación" a los aviadores, los cuales a pesar de tener perfecto cconocimiento de la presente situación y quizá por haber tomado conciencia de ella, respondieron entusiásticamente a la llamada. Muy pronto se presentaron voluntarios para estas misiones sin retorno gran cantidad de pilotos, sin que se hubiera ejercido presión alguna sobre ellos. Sabemos que los aviadores conocían la inutilidad de sus esfuerzos en los ataques de tipo clásico y que tenían la seguridad de que iban a perecer en vano. Así pues, esta evolución en las disposiciones de los mandos no fue más que un eco de las más profundas aspiraciones de los pilotos nipones.

 

 

 

(Vemos como se va incluyendo ya el matíz de "voluntariado" en la formación de las escuadrillas de ataque especial. De mejor o peor grado se va imponiendo en las Flotas aéras la sensación que solo el ataque Jibaku puede contrarrestar el imparable avance aeronaval enemigo. )

 

Saludos

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Si hay algo de singular en esta temática, y para mi es algo que sobrepasa cualquier limite, es lo que está en las últimas líneas de tu aportación: el hecho de que las fuerzas aéreas niponas asdoptaran algo que nació de las acciones y las voluntades de su escalón operativo más bajo.

Creo que es un hecho del cual podamos sacar pocos ejemplos que permitan una comparación.

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Buenasss

 

(Bear, vuelves a dar otra vez en el clavo. La experiencia Kamikaze es un fenómeno que se incuba de forma inusual: de abajo hacia arriba.)

 

 

La Operación Ten-ichi

 

Las fuerzas americanas que durante un tiempo habían sido acaparadas por Iwo Jima reemprendieron a principios de marzo una intensa actividad. Los reiterados bombardeos estratégicos y la creciente actividad naval, dejaban prever la inminencia de una importante operación. En la noche del 9 al 19¡0 de marzo, Tokio sufrió un horrible bombardeo incendiario que tuvo como consecuencia un gran número de víctimas y provocó innumerables daños. El pueblo japonés conoció un terrible suplicio y las industrias fueron destrozadas una tras otra.

 

El 16 de marzo, las victoriosas fuerzas americanas se convirtieron en dueñas de Iwo Jima. La isla iba a servir de base aérea de tránsito para la ofensiva estratégica, así como de lugar de abastecimiento del flanco del ejército en la futura operación anfibia de gran alcance.

 

Como preludio de la ofensiva, las Task Forces del vicealmirante Marc A Mitscher salieron de Ulithi a mediados de marzo, dirigiéndose hacia Japón. Se trataba de arrasar los aerodromos enemigos y los aviones apostados en ellos, con el fin de eliminar toda amenaza aérea japonesa. El 18 de marzo centenares de aparatos americanos despegaron despegaron de la Task Force 58 y se dirigieron hacia la isla de Kyusiu.

 

Aparatos japoneses de recco. que sin cesar patrullaban sobre el oceano divisaron la flota americana e informaron rápidamente a los mandos. Era el momento de asestar un gran golpe y poner a prueba los nuevos cuerpos Kamikaze de la 5ª Flota. La nueva progamación nipona se hallaba preparada para el ataque; solo esperaba la señal convenida.

 

El 19 de marzo por la mañana (el 18 para los americanos) 50 aviones de ataque especial emprendieron el vuelo, acompañados por un cierto número de cazas de escolta. La 2 flotas aéreas se cruzaron sin verse, continuando cada una el vuelo hacia su correspondiente objetivo. Durante varias horas, los aviones americanos atacaron los aerodromos de Kyusiu y destruyeron algunas decenas de aviones apostados en el terreno. En tanto que esto ocurría, los aparatos nipones se iban acercando a la flota americana.

 

Como era costumbre, los aviones japoneses escogieron como objetivos principales a los portaaviones y empezaron sus ataques Jibaku, en tanto que sus cazas de escolta arremetían furiosamente contra los terribles Hellcat de la defensa que intentaban derribar a los aviones especiales japoneses. En poco minutos los grandes portaaviones Enterprise (CV 6) y Franklin (CV 13) fueron tocados y dañados fuertemente, aunque pudieron continuar en la escuadra.

 

Al día siguiente, 19 de marzo (20 para los japoneses), los aviones de la marina americana volvieron a la carga; lanzándose igual que en la vigilia, contra los aerodromos de Kyusiu y el tráfico marítimo japonés de las proximidades de los grandes puertos de Kobe y Kure. Era la primera vez que las isla principal de Hondo y el Mar Interior habían sido violados por los aviones de la marina americana.

 

Esta vez fueron los cuerpos especiales de la 10ª Flota aérea los que reaccionaron enviando al asalto de la flota americana varios grupos compuestos por 20 bombarderos Suisei. A pesar de una muy violenta defensa antiaérea, los aviones nipones lograron averiar los grandes portaaviones Essex (CV 9) , Wasp (CV 18) y, una vez más, el Franklin.

 

Este último, tocado en varias ocasiones sufrió serios desperfectos. Dos de los Kamikaze habían reventado el puente de vuelo, explotando en el almacén de la aviación y provocando un violento incendio. Unos aviones repletos de gasolina y de bombas preparados para el despegue habían sido también alcanzados aumentando con ello el desastre. Podía emplearse con propiedad en esta ocasión, el nombre de desastre, ya que más de 700 hombres de la tripulación habían sido muertos y fue por milagro que los equipos de socorro lograron sofocar los múltiples focos de incendios. El Franklin, ladeado por estribor y totalmente devastado, tuvo que retirarse y marchar, por sus propios medios hacia los EEUU.

 

En estos dos días de ataque la marina americana había perdido 116 aviones. Si a ello se añade los daños infligidos a los buques puede considerarse la Operación Ten-ichi como un verdadero éxito. Además, hay que señalar que cuando tuvieron lugar, el 20 de marzo, los ataques contra Kobe y Kura, los aviones americanos tropezaron con una serie oposición por parte de los cazas japoneses.

 

El 343 Cuerpo aéreo, con base en Matsunaga, en la isla de Shikoku, y equipado con monoplazas Shiden, al mando del célebre capitán de navío Minoru Genda, obtuvo aquel día una aplastante victoria, derribando a más de los dos tercios de aviones americanos perdidos en el curso de estos ataques.

 

 

Un ataque muy especial

 

El 21 de marzo, un día después de estas dos poderosas incursiones americanas sobre Japón , un avión recco nipón diivisó a primera hora varios portaaviones enemigos a unas 320 millas (500 kms), al sudeste de Kyusiu. El observador japonés transmitió rapidamente la noticia y los mandos aéreos nipones, temiendo que los americanos reincidiensen en su ataque, tomaron nuevas disposiciones.

 

Fue entonces cuando la alta personalidad del vicealmirante Matome Ugaki. Este general había llegado hacía poco tiempo, para tomar el mando superior de todas las fuerzas aéreas con base en Kyusiu que englobaban la 5ª Flota. El vicealmirante gozaba de muy buena reputación por su enegía y dinamismo. Antiguo jefe del estado mayor del almirante Yamamoto, Matome Ugaki era un partidario acérrimo de la aviación y durante estos períodos dificiles estaba más decidido que nunca a aprovechar a fondo todas las formas de ataque aéreo.

 

Cuando supo el mensaje del observador, sin dudar un solo segundo decidió usar las nuevas bombas Ohka. El almirante Ugaki pensó que era la ocasión propicia de servirse de los nuevos artefactos y poder con ello probar su rendimiento táctico. El capitán de navío Motoharu Okamura, jefe de este grupo especial fue quien organizó el vuelo. Si bien Okamura no había sido el promotor, no obstante había defendido encarnizadamente estos instrumentos, luchando para que fueran construidos sin demora para así poderlos utilizar rápidamente. El capitán estaba convencido de la eficacia de esta bomba pilotada, que, según él, iba a revolucionar la guerra naval y sería para el Japón el medio de aplastar al enemigo.

 

 

 

(Dejamos para la próxima vez este nuevo elemento ofensivo suicida de la marina japonesa: la bomba volante Ohka.)

 

Saludos

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Buenasss

 

(Sigamos el incipiente desarrollo del arma que parecía estar diseñada precisamente para los "ataques especiales": la bomba volante ohka.

 

Tras el Punto y aparte.)

 

 

No obstante, okamura deseaba que los bombarderos transportes fueran bien escoltados hasta el objetivo, con el fin de que los pilotos suicidas portadores de las Ohka, tuvieran el máximo de garantías de seguridad. Aquel día había disponibles tan solo 30 cazas y Okamura se lamentaba de lo insuficiente que era el número para llevar a feliz término esta primera operación. Consideraba que en estas condiciones la amisión era muy aventurada y que los bombarderos tendrían muy pocas posibilidades de alcanzar el punto de lanzamiento de los Ohka.

 

Goro Nonaka, caapaitán de corbeta y gran especialista en torpedos, fue llamado por los mandos de la exposición. A pesar de su fe en el invento y de su entusiasmo patriótico, Nonaka compartía con Okamura las inquietudes de éste, pero acabó por ceder ante la insistencia del almirante Ugaki. Éste, decidido como estaba a actuar, dejó a un lado todas las objecciones y dió la órden de ejecución. Okamura, abatido y amargado, no quiso dejar partir a sus hombres hacia una operación taan llena de peligros inútiles sin acompañarles. Así pues, anunció su intención de conducir él mismo el grupo de ataque, pero Nonaka se opuso. Éste con una resspetusoa, pero enérgica resolución, le hizo comprender que el azar había disspuesto las cosas de esta forma y que nadie ni nada impediría, de ahora en adelante, que llevase a cabo su misión. Okamura, decepcionado, no insistió más en sus ruegos. Ya en la pista, los pilotos de Ohka y los aviadores de los bombarderos, siguiendo la antigua tradición, se alinearon al son del tambor que, según era costumbre, precedía la marcha de los héroes.

 

El 21 de marzo, aa las 11.35 horas, en presencia del almirante Ugaki, despegaron de la base de Kanaoya18 bimotores tipo Betty y 30 cazas de protección. El grupo de bombarderos, conducido por el excelente Nonaka, empezó a tomar altura dirigiéndose hacia la escuadra enemeiga señalada. Los cazas de escolta se situaron debajo de aquellos y en la parte posterior. De hecho había tan solo 16 bombarderos que eran portadoresde una Ohka, los dos restantes eran normales, no llevaban ninguna carga y tenían la misión de asegurar laa navegación y las transmisiones radiofónicas del grupo.

 

Hasta la 14.00 horas, el vuelo se efectuó sin que tuviera lugar ningun incidente digno de tenerse en cuenta. Según los cáculos de los navegantes, la escuadrilla se encontraba en aquellos momentos a una 50 millas (93 kms) del objerivo. Fue entonces cuando, sin que nadie los viese llegar surgieron de entre las nubes unos 50 Grumman Hellcat que se precipitaron sobre el grupo japonés. Los 30 Zero salieron de la formación y se lanzaron al encuentro del enemigo. Rápidamente se inició la lucha.

 

Dominados por el número y el ardor de los pilotos americanos, que habían comprendido que este vuelo insólito escondía una amenaza confusa, pero grave, los cazas japoneses no pudieron hacer frente durante mucho tiempo a la combatividad gososa de sus adversarios y fueron testigo s de la masacre de sus bombarderos. Estos habían soltado la Ohka, y sin su piloto con el fin de alegerar la acarga y poder ponerse al salvo entre las nubes; sin embargo, 15 de ellos cayeron en llamas antes de que pudieran lograr su objetivo. Tres bimotores lograron esconderse, pero fueron atrapados y derribados poco después. Los cazas Zero tamapoco pudieron librarse del enemigo y 15 se precipitaron al mar. Otros, averiados, cayeron en el camino de regreso.

 

El capitán de corbeta, Goro Nonaka no se havía ninguna aailusión sobre el resultado de la expedición. Antes de despegar había dicho con una sonrisa. "¡Vamos hacia la amuerta!". Tenía razón: uno de los pilotos de un aparato Zero, que volvió a Kanoya, dijo haber visto el avión de su jefe incendiarse y caer al amar como un meteoro, al tiempo que levantaba una gran masa de espuma. El almirante Ugaki, lloró al enterarse del desastre. La primera salida operacional de las bombas Ohka quedaba saldada con un fracaso total.

 

 

El extraordinario ingenio Ohka

 

Aunque no es nuestra intención dar a este relato un carácter técnico, nos parece, no obstante, necesario presentar el invento Ohka, el cual constituía la más insólita , pero también única manifestación importante de la industria japonesa en el terreno de las nuevas armas aéreas. Si bien las fábrica aeronáuticas niponas sprodujeron , con destino a los ataques suicidas, otros instrumentos más o menos extraordinarikos, como veremos más tarde, tan solo la Ohka fue utilizada en estas operaciones. Vamos a esbozar brevemente la historia de esta bomba, dando al mismo tiempo sus principales características técnicas.

 

De hecho, la idea no representaban ninguna novedad, y hemos poidio ver que, desde mediados de 1942, los pilotos japoneses habían considersado útil lanzarse sobre el buque enemigo en el transcurso de misiones de tipo clásico, con el fin de asegurarse el éxito. Desde finales de 1943, numerosos aviadores nipones hyabían perdido las esperanzas de poder tomar la iniciativa en los combates y creían que la superioridad del adversario, entonces incipiewnte, se iría acrecentando. Sus mejores aparatos había sido derribados sin haber tenido la mayoría de las veces la oportunidad de actuar. Con ello las posibilidades de destruir al adversario iban decreciendo. En el curso de los numerosos combates aéreos desarrollados en Rabaul (Nueva Bretaña), la amayoría de los aviadores japoneses habían comprendido que únicamente un acontecicmiewnto fortuito o una táctiva extraordinaria podrían devolver a los aviones japoneses el crédito y la eficacia de los años precedentes.

 

Algunos se dedicaron a imaginar inventos tan fantásticos como diabólicos, los cuales serían capaces de desafiar la defensa antiaérea americana e inflingir a alos buques enemigos daños irreparables. No eran más que puras especulaciones de la mente. No obstante, uno de ellos, el alferez de navío de segunda clase, Mitsuo Ota. concretó sus ideas, las cuales dió a conocer a los mandos. Ota no pretendía haber descubierto ninguna panacea y su proyecto tenía en cuenta los imperativos industriales y tácticos del país. Quizá fue por eso por lo que no chocó con un rechazo categórico y sí con una especia de indiferencia benevolente. El alférez sabía muy bien que era técnicamente imposible contar, dentro de un breve plazo de tiempo, con la creación de un tipo de avión de combate superior al de los adversarios, a la vez que conocía las dificultades y pérdidas de los bombarderos nipones en sus ataques con frecuencia demasiado desesperados e infructuosos.

 

La idea de Ota había cristalizado en la realización de una gran bomba plana que sería trsportada y pilotada hasta cerca del objetivo por un bombardero bimotor tipo Betty. Este no se vería obligado a volar sobre el enemigo y podía volver de nuevo a la base para realizar otra misión, en tanto quye la Ohka, picando a una gran velocidad, desconceertaría a la defensa enemiga y provocaría en el buque tocado enormes destrucciones merced a su fuerte carga explosiva.

 

Pasaron algunos meses que fueron testigos de nuevas derrotas y hecaatombres. La situación militar de Japón era cada vez peor y su aviación cionoció tantas pérdidas que pronto no le quedó oytra alternativa que enviar sus pilotos hacia una muerte inutil o permanecer en el campo de aviación esperando ser destruida por el enemigo. Durante este tiempo, el alferez de navío Ota defendió tan ardientemente y con tanta obstinación el proyecto, que sus jefes, en la primavera de 1944 le autorizaron a ir a Japón para es¡xponer sus ideas, un tanto revolucionarias en aquella época.

 

 

 

(Aquí dejamos estos primeros esbozos de la idea singular que más tarde se convirtió en la temible bomba volante Ohka.)

 

Saludos

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